Frederick Philips 45 AÑOS CON PHILIPS Este libro fue digitalizado por un voluntario sin relacion con la empresa el dia 18 de Julio de 2025 en Buenos Aires, Argentina a partir de un antiguo ejemplar fisico en idioma español editado por la editorial española Paraninfo. El texto contenido en las paginas digitalizadas mediante scanner fue procesado mediante la tecnica OCR, con lo cual es posible encontrar irregularidades en alguna parte del texto que no condicen con el contenido original debido a circunstancias propias del proceso informatico para reconocimiento de textos antiguos. Como Ocurrió Solo después de un largo debate interno me decidí a escribir mis orlas, Dos razones principales inclinaron la balanza favorablemente. En primer lugar, comprendí que los años que este libro abarca, desde asta la actualidad, han sido pletóricos de acontecimientos para las empresas. Ciertamente, los dirigentes de Philips, extendidos por todo el mundo, han tenido que enfrentarse a muchas dificultades. intentado describir cómo respondimos a ellas y qué medidas hubo- de tomar para vencerlas. La dirección de una gran empresa es siempre- unto de trabajo en equipo, aunque algunos lleven más peso que mon la hora de tomar decisiones. No resulta fácil evaluar la participación pación de uno mismo en este proceso, pero mi objetivo primordial ha sido siempre que Philips tiene que ser una fuerza constructiva, una par- la cura, y no de la enfermedad, del mundo. La segunda razón que me decidió a escribir fue la esperanza de que libro pudiera incitar a los jóvenes a aprovechar sus aptitudes en una empresa —tal vez, incluso, en una multinacional—, basados en la idea de que el sistema de libre empresa es el mejor de que tenemos por el momento y constituye una fuente de vigor para la ledad. Tales empresas no siempre gozan del favor de los jóvenes actuales, pero creo que su energía y su imaginación encontrarían amplios horizontes en una de ellas, fuese de su propio país o extranjera. Trabajaron personas muy diferentes, para difundir la prosperidad por todo mundo, es un desafío saludable para cualquiera. Naturalmente, mi vida ha estado ligada constantemente al Concern que lleva mi nombre. Por eso he intentado dar una idea de lo que ocurre de Philips. La conducta de cualquier empresa, sea grande o pequeña, depende de personas de carne y hueso, con todos sus defectos y virtudes. El punto de vista, según escribo, es el de un hombre: yo. Comprendo perfectamente que una empresa sólo existe realmente por la acción y miento común de muchos, y nuestro Consejo de Dirección, que tiene diez miembros, me parece que es un buen ejemplo de ese trabajo. Cómo ocurrió Tomar notas a lo largo de los años, por lo que he tenido que fiarme completamente de mi memoria. Es propio de la naturaleza humana ok vidar o atenuar lo desagradable con mayor rapidez que lo agradable. Es muy posible, por tanto, que la imagen total haya resultado un poco más optimista de lo que fue en realidad. Nunca he intentado que fuera así. Siempre que he podido he comparado fechas y detalles, y estoy muy agradecido a todos los que me han proporcionado esa información, particularmente a la Oficina de Archivos. Pero mi objetivo ha sido sim- plemente dar mi impresión personal de los acontecimientos y esto no impide que otros tengan una idea completamente distinta de lo que ha sucedido. También agradezco a mi amigo Leo Ott, que trabajó conmigo en la edición holandesa, y a Peter Hintzen, Garth Lean y Ailsa Hamilton, que lo hicieron en la edición inglesa, por todas las molestias que se han tomado. Ha sido un privilegio haberme visto mezclado durante durante tantos años en la vida de este interesantísimo y único Concern, y estoy muy reconocido a la amistad que me han demostrado tantos en el curso de ese trabajo. Doy gracias a Dios por Su ayuda, y no en último lugar por haberme concedido la inquebrantable salud que la tarea ha exigido. Una familia llena de armonía ha sido para mí un gran apoyo, y en especial mi esposa, que ha estado a mi lado durante más de cincuenta años, tan- to en los tiempos prósperos como en los de crisis. Por eso le dedico a ella este libro, al equipo al que antes aludía. Pero este libro se refiere principalmente a mi vida en Philips. Nunca he llevado un diario, ni me he molestado en Eindhoven, abril de 1974 - marzo de 1977 Nombres como los de Oosterhuis, van der Pol, Hertz, Bouwers, Tellegan, van Arkel, de Boer, Poning, Reerink y van Wijk han llegado a ser conocidos más allá de los confines de Philips, y lista queda lejos de estar completa. Capítulo 1 DE CAMINO HACIA “LA FABRICA” Era un hermoso día de setiembre de 1923. Bordeando el viejo canal Oude de Delft, me dirigía a la peluquería, a que me cortaran el pelo al cero. Este acontecimiento, tan fuera de lo habitual, me producía un sentimiento de inseguridad. Quería matricularme en la Universidad Téc- mien de esa ciudad, y la entrada de los novatos exigía ese protocolo. Nubia que, además de mis cabellos, perdería toda la protección que hasta entonces me había rodeado. Con mi cabeza pelada me presenté en el edificio principal de la Uni- veridad. Garrapateé las firmas necesarias y entregué los documentos que exigían. Inmediatamente, cumplidas estas formalidades, los vetera- nos se apoderaron de mí y de algunos otros compañeros de fatigas y nos on a otra sala. Decir que se “apoderaron” de nosotros es por utilizar una expresión muy suave: Resulta difícil explicar si nos empujaban Hnos arrastraban hacia nuestro destino. Cuando la puerta se cerró detras de nosotros, quedamos a merced de la turba. En el edificio del club al que nos llevaron a continuación las cosas fueron aún peor: Había en- tn © en un mundo completamente distinto de aquel al que estaba acos- umbrado; un mundo aparentemente exento de compasión y en el que no hallaria amparo. En mi ciudad natal de Eindhoven, en la provincia de Brabante, todo habia sido diferente. Allí era el único hijo varón del fabricante Antón Federico Philips, que sólo tenía una pasión: la fábrica; una pasión arraigada desde cuando empezó a ayudar a su hermano Gerardo a fabricar lamparas allá por 1894. A raíz de su matrimonio tuvo que compartir tambien su vida con la familia, pero la empresa, que adquiría cada día yor amplitud, absorbía su atención de tal manera que yo desde niño le oia hablar más que de “La Fábrica”. Hablaba de ella con mi madre, que compartía su interés de todo corazón, y, desde que fuimos capaces de entender, nos hablaba igual a los tres hijos: mi hermana mayor elie, mi hermana menor Jetty, y yo. En aquellos años se consideraba normal que cuando llegara el mo- ento, yo habría de implicarme también en “La Fábrica”; pero mi padre no era partidario de servirme las cosas en bandeja. Tendría que ganarme a pulso el puesto en Philips. Quería que fuese ingeniero, como su hermano, y por tanto, el camino que habría de llevarme a “La Fábrica” pasaba por Delft, aunque, como es natural, tuviese que empezar en Ein- dhoven, haciendo la escuela primaria y después la enseñanza media. Para tener una idea de la clase de ciudad que era Eindhoven en aque- llos tiempos, bastará que les diga que el Instituto era de reciente crea- ción. Hasta entonces, todos los muchachos de Eindhoven que deseaban seguir una educación secundaria tenían que ir a la cercana ciudad de Helmond. Pero ahora ya nuestro flamante Instituto Municipal era aco- gedor. En él los muchachos de todos los estratos sociales se mezclaban en clases reducidas y podían realizar la segunda enseñanza. Mis padres consideraban muy poco conveniente para mi formación que sólo hubiese visto mi ciudad natal. Por eso, cuando cumpli los ca- torce años, gracias a mi amistad con los dos hijos de Visser ’t Hooft —Wim, que después fue Secretario General del Consejo Mundial de las Iglesias, y Hans, más tarde médico— me animaron a que fuera a uno de los campamentos de muchachos de la Asociación Holandesa de Estudiantes Cristianos, muy populares por aquel entonces. Durante varios años consecutivos tomé parte en esos campamentos, donde se me abrió un mundo completamente nuevo. Me gustaba mucho el ambiente, y la gente que allí encontré contribuyó a acrecentar la confianza en mí y en muchos otros chicos. Más adelante habría de encontrarme en Delft a varios amigos de aquellos campamentos. Mis estudios de ingeniería estuvieron, en una ocasión, un poco en el aire. Habían ido mis padres de viaje al extranjero y me quedé con Her- man van Walsem, uno de los colegas más íntimos de mi padre y abogado de pura cepa. Me contó unas historias tan fascinantes acerca de su profesión que cuando regresó mi padre hablé con él del asunto. Por cier- to, que no le hizo mucha gracia. Inmediatamente llamó a van Walsem: “¿A santo de qué tienes que meterte en el futuro de mi hijo? ¡El chico tiene que ser ingeniero!” Y por eso fui a Delft. Por aquella época eran contados los industriales que enviaban a sus hijos a la Universidad. La mayoría de los estudiantes procedían de fami- lias de profesiones liberales o militares. En el siglo pasado fueron los comerciantes adinerados quienes iniciaron las industrias manufacture- ras, y esos hombres creían que aprender el negocio en la práctica de ca- da día era lo más importante para los hijos y sucesores. Por eso yo era un bicho raro. Y para acabarlo de arreglar, brabanteño, hombre del sur, que en Delft éramos pocos y muy diseminados. Ya había ido a conocer la ciudad antes de enrolarme como estudian- te, e incluso había saboreado la alegría de la vida en los días inolvida- bles que siguieron a los exámenes de reválida en la escuela secundaria. 10 Camino hacia la fábrica puedo imaginar días más felices y maravillosos que los siguientes a la tención del diploma. Es como si se me hubiese quitado de encima un lim peso. Lleno de ilusión, caminaba hacia el futuro. Y ante mí se bifnn unas largas y despreocupadas vacaciones. Durante esas vacaciones me ofrecieron inesperadamente unas entra- iis para la conmemoración del Cuerpo de Estudiantes, de Delft, que se belebra cada cinco años. Aquel año se representaba la obra El asaltante de la torre, de Herman Teirlinck que dejó en mí una impresión imbo- mable, La representación tuvo lugar una hermosa tarde de verano en la Viva del Mercado, adornada con banderas y con la majestuosa torre somo fondo. La tesis de la obra era la lucha entre el espíritu y la materia, Cada vez que el espíritu conseguía ventaja, subía a una almena más alta de la torre. Pero el papel principal lo interpretaba uno que no era exactamente lo que se llama un montañero, de manera que cuando tenía que escalar la torre con una cuerda, lo tenía que sustituir un marinero contratado para el caso. En aquellos días los micrófonos y amplificadores no existían aún, y había en cambio músicos y cantantes repartidos por todas partes. Paseando por la ciudad, donde la gente todavía andaba casi siempre de a pie, en bicicleta o en el tranvía de vapor, yo soñaba con mi futuro. El sol se reflejaba en los canales enmarcados por tilos y olmos engalanados por el verde fresco del verano recién estrenado. Sobre este fondo destacaban las bellas mansiones antiguas y los edificios. ¡Y qué espectáculo tan simpático ofrecían los oficiales del cuerpo de estudiantes en sus carozas abiertas, tiradas por caballos engalanados de vistosas plumas, frenando el trote al cruzar los pintorescos puentes! Entre los estudiantes de tercer año descubrí a un amigo de Helmond, ue acompañaba a su hermana. Como aquello no parecía divertirle mu- tho, ocupé su lugar y nos unimos a su grupo en varias ocasiones, No me perdí ni un detalle de la fiesta. Bailamos hasta el amanecer; el tiem- po no podía ser mejor. Fue aquella una semana ideal. Cuando inicié la vida de estudiante, en setiembre, las cosas fueron muy distintas. Ingeniería mecánica Aquel día, cuando iba de la peluquería a la Universidad Técnica, me encontraba a la mitad del camino que me llevaría a “La Fábrica”. El hecho de: matricularme en ingeniería mecánica era el resultado de una elección que había tomado mucho antes. Resulta difícil comprender que en aquellos tiempos las fábricas Phi- lips hacían poco más que bombillas. Después de la Guerra Mundial (la primera) se empezaron a hacer válvulas de radio; más tarde pasaron a componentes de radio del tipo de altavoces y cargadores, para llegar fi- nalmente a los radiorreceptores. En los años veinte los físicos, los quí- micos y los ingenieros eléctricos trabajaban en los laboratorios, pero aunque se necesitaban ingenieros mecánicos para la construcción de má- quinas productoras de lámparas, muy pocos estaban empleados en la producción. De todos modos, al elegir la especialidad había tenido en cuenta tan- to las oportunidades que se me ofrecían en Philips como mis propias aptitudes: Tengo una gran memoria visual. En mi mente todo se trans- forma inmediatamente en una imagen, Mis inclinaciones tienden más al juego de las líneas y la construcción de cosas, que a la solución de pro- blemas teóricos y matemáticos. Por esta razón, habría sido muy difícil para mí compararme con los extraordinarios ingenieros eléctricos y fí- sicos de Philips. Pero en dibujo me sentía fuerte. Y todo lo que se dise- fia se tiene que construir. De ahí que eligiese la ingeniería mecánica. Un novato nunca tiene razón. Como esto lo acepté pronto como axioma, pasé el período de iniciación sin traumas de ninguna clase, aún a pesar de que algunos de los estudiantes veteranos me mostraron abier- tamente que mi participación en los festejos de la Escuela, en el verano, no estaba muy justificada. Mis compañeros me eligieron delegado de curso y presidente del comité ejecutivo, lo que consideré un honor para un tipo lanzado como yo, y además, brabanteño. En los cursos estudiantiles de Delft los cargos ejecutivos se tomaban en serio, y los vocales de la junta colaboraban con agrado. La adminis- tración se controlaba estrictamente, como tuve ocasión de darme cuen- ta personalmente. El segundo año me nombraron tesorero del Club Alpino. Mi predecesor me puso en las manos una detallada agenda, en la que estaba anotado quién tenía que pagar y cuánto. No sé de qué mane- ra lo hacía, el caso es que mis cuentas fueron un verdadero desastre, por lo que me llamaron la atención seriamente. A pesar de todo, después me nombraron secretario, probablemente porque los compañeros suponían que ese cargo lo desempeñaría mejor. En 1924 fui también miembro de la junta directiva de la sociedad dramática de los estudiantes. Durante dos años pertenecí asimismo al primer consejo editorial de De Spiegel, el periódico de los estudiantes, que aún existe. Esto fue para mí de un valor importante, lo mismo que mi participación en la redacción del Anuario de 1928. El trabajo en esta revista —las reuniones de redacción, la selección y confección del texto— es uno de los mejores recuerdos de aquellos días de estudiante. Tuve que luchar con la escasez de buenas colaboraciones y cargar con todo el trabajo de impresión. Como resultado de todo aquello, después me he interesado mucho por las publicaciones de Philips, y todavía sigo con gran atención el Philipskoerier y Philips News. Al recordar el pasado comprendo que las amistades nacidas en los dias de estudiante son de lo mejor de la vida. Se hacen amigos sin intereses ulteriores. Si se está a gusto con alguién se actúa en consecuencia, Estas amistades duran, con independencia de que más adelante las personas tengan más o menos éxito en la vida. Como estudiantes carecíamos de interés por la política. La única ex- vepción fue en 1925, cuando se sometió a debate el proyecto de tratado entre Holanda y Bélgica a propósito del Canal Moerdijk. Este asunto levantó revuelo, incluso en Delft. Por lo demás, la política era tabú pura nosotros, lo que nos enorgullecía. La política era asunto del mun- ilo exterior. Más adelante tendríamos que prestarle atención, pero en muestros años universitarios rehusábamos vernos implicados en ella; todo lo contrario de lo que sucede hoy. No trabajé mucho el primer año: ¡habría ido contra la costum- bre! Lo establecido era que ese año había que pasarlo adaptándose al evo ambiente y a un modo diferente de estudiar. Por eso no asistí a muchas clases, aunque trabajé en el tablero de dibujo y en el laborato- rio, Ni me presenté a ningún examen al terminar el curso. La atmósfera de la ciudad de Delft se me antojaba diferente de la de Brabante, donde todo era más soleado y sereno. En Delft, las calles permanecen oscuras y el pavimento, perpetuamente húmedo, por la lluvia y la niebla. También había una diferencia de mentalidad: en Delft, si tropezaba alguien con otro al doblar una esquina, la reacción nor- mal era: “¡Eh, mire por dónde va!”. En Brabante habría sido: “¿Qué tienes, hombre, has pasado una mala noche?”. Fue precisamente en Delft donde empecé a comprender lo mucho que Brabante significaba para mí. Aunque mis padres no eran oriundos de allí, yo me sentía muy vinculado a Eindhoven y Brabante. En la escuela primaria, donde estuve con niños de todas las clases sociales, Y con los jardineros y otras personas aprendí a hablar el dialecto bra- nteño. Y empecé a comprender que el pueblo de Brabante había sido postergado durante siglos con respecto al de las Provincias Unidas del morte de Holanda, que dominaban el país. En mis años de Delft solía Ha casa, cada tres fines de semana, Cuando el tren cruzaba el puente ile Moerdijk me sentía más feliz: Brabante me estaba esperando. Iba a casa, Y así me he sentido toda la vida. Compromiso y matrimonio: Durante el segundo año de la universidad me comprometí con “la mujer de mi vida”. Me encontré con ella en unos bailes que los estudiantes amigos míos habían empezado a celebrar en La Haya. Fue en uno de ellos donde vi a Sylvia van Lennep por vez primera. No carecía de admiradores que se convirtieron en mis rivales. Pero después de estar con ella varias veces me convencí de que había sido destinada a ser la compañera de mi vida, y nada me hizo dudar ni un solo instante que llegaría a ser mi esposa. En las Navidades de 1924 se puso a prueba esa convicción. Con unos cuantos amigos fui a Bruselas, para asistir a una fiesta tradicional de estudiantes. Fue algo memorable, y nos encontramos de tan buen humor que tres de nosotros decidimos ir a París. Yo tenía para ello razones especiales: allí se encontraban mi hermana Jetty, en un inter- nado, y Sylvia van Lennep. Además, sabía que mi padre tenía que estar en esa ciudad, en viaje de negocios. De la Gare du Nord me fui derecho a su hotel, donde lo encontré desayunando. Le dije que acababa de llegar con dos amigos y pensábamos quedarnos unos días. “Papá terminé, ¿podrías dejarme algo de dinero?” La respuesta fue afirmativa y pudi- mos pasar allí unos días estupendos. Después de un the dansant me atreví a declararme a Sylvia, en uno de los puentes del centro de París. La cosa no fue tan bien como había su- puesto: Era algo tan inesperado —dijo ella—. Nunca había pasado por su mente la idea de que pudiéramos casarnos. Estaba desconcertada. Cosa curiosa, este rechazo no me afectó en absoluto. Paseamos juntos por la Rue de Bourgogne. Nos paramos un momento, hablando junto a una ventana, hasta que alguien empezó a golpear el cristal, gritando enfada- do: “Circulez, s'il vous plait!” Seguimos paseando. Al separarnos le dije: “No te apures, ya veremos más adelante...” Estaba tan seguro de que todo iría bien que aquella noche me fui con los amigos a la Place Pigalle, donde lo pasamos en grande. Incluso cuando me leyeron la buenaventura y afirmaron en ella “no se casará hasta los 32”, no me inmuté. Estaba completamente convencido de que Sylvia van Lennep estaba destinada para mí. Luego llegó la época del carnaval. La llevé a Breda y ’s-Hertogen- bosch, y dimos unos paseos maravillosos por los bosques cercanos a Eindhoven. Pero ella, con su cautela norteña, rehusaba comprometerse, temiendo estar influida por el ambiente del carnaval y la belleza de los bosques. Meses más tarde, nuestra sociedad dramática de Delft puso en escena una obra, en la que yo interpretaba un papel secundario, y la invité a asistir. El sueño escaseaba en los preliminares de estas representaciones. Teniamos que hacerlo nosotros. Había que formar el elenco, repartir los papeles y ensayar. Apenas había tenido tiempo de ir a dormir durante varios días, Después de la función hubo un baile. Mientras los demas bailaban abajo, en el escenario se podía hablar tranquilamente con una chica. Comentando la función, oi que Sylvia me decía: “Si me preguntases otra vez, creo que diría que sí”. Pero no respondí: estaba excesivamente cansado para darme cuenta de lo que me había dicho. Aquella noche, ya tarde, entre varios amigos acomodamos a las siete chicas en un coche grande que alquilamos y las devolvimos a sus respectivas casas en La Haya, Estábamos muertos de sueño. Me fui a mi aposento, podría descansar a gusto! Al dia siguiente me desperté hacia mediodia, Recordando la conversación con Sylvia, me vino a la mente la frase clave y de repente me di cuenta que me había dicho “si”. Salte de la cama y escribí una nota en la que le anunciaba mi visita el domingo siguiente. Sylvia me contestó que tendría que buscar un pretexto para visitar la casa de sus padres. La suerte estuvo de nuestra parte. Aquel domingo nuestro equipo nacional ganó al de Bélgica. Entre en la casa de sus padres gritando a todo gritar: “¿Se han enterado? ha ganado por cinco a cero!” Aquello rompió el hielo, y ese dia quedamos comprometidos. De todos modos, fue un compromiso “no oficial”. Yo acababa de cumplir veinte y ella tenía menos aún. Nuestras familias respecti- ban muy jóvenes, por lo que se acordó no hacerlo publico; todos en Delft lo sabían. Estuvimos así más de cuatro le con toda su alma en mi vida estudiantil, y en ocasiones is Obras que representábamos. Examenes finales en el instituto, Sylvia no quiso ir a la universidad pliplendo en su lugar las obras sociales. Durante unos años mañana en lo que entonces se llamaba un “Refugio Para Wllueión para madres solteras y sus hijos”. Allí se cuidaba de ue la encantaban, y fue una preparación espléndida para la ula. Mis padres, que al principio habían mostrado cierta “ln chica de La Haya”, valoraron mucho su dedicación a viaje empezó a preocuparme. Mi novia vivía en La Haya, ila en bicicleta, en tanto que algunos amigos míos tenían mplazaban en grandes motocicletas. En cierta ocasión le tido 4 mi padre no montar en uno de esos artefactos, y lo mido. Pero poco a poco empecé a ejercer algo de presión Camino hacia la fábrica ras un trabajo monótono— oir la sirena de las 5,30. Tam- Wik semanas en Citroen, en París, donde me fui enterando elon en cadena. i los que dedicaban parte de su tiempo a las distintas asocia- wudiantes, y por ello no podían asistir a clase con regulari- an que recurrir a repetidores o profesores particulares. Yo esta- alegoría y recuerdo vividamente la personalidad del Dr. E, H. iii, que era en sus tiempos “el” repetidor. Tenía organizado mente su negocio. Daba clases particulares hasta bien entrada la y un estudiantes podían dejar el trabajo en una especie de des- YA pu estaba siempre abierta. Los papeles los dejábamos en 1 escalera, de donde se ha derivado el verbo “apilar”, típico Hudlantes de Delft, a los que era corriente oir: “Todavía tengo rel cuaderno de dibujo”. Beekman solía corregir estos trabajos, Jocidad increíble, mientras explicaba matemáticas en un insti- Th lan sesiones en casa de Beekman nos juntábamos a veces liede que no resultase un modo ideal de aprender una asignatu- muchos de los que íbamos a sus clases lo hacíamos para apro- más difíciles. Siempre me interesé por la arquitectura. Lo llevaba en la sangre, y de no haber pertenecido a la dinastía Philips tal vez la hubiera estudiado, Mi abuelo materno, G. J. de Jongh, fue el principal constructor de los muelles de Rotterdam, y también mi padre había estado involucrado en proyectos arquitectónicos. Durante dos años asistí a escuelas de arquitectura utilitaria, la mayor parte de construcción hierro y acero, e hice los planos del edificio de una fábrica. Más Ho eile amor por la arquitectura me ha sido muy útil. Es difícil ir un grupo de empresas que haya construido tanto como Philips sido una gran ventaja saber algo de la materia a la hora de Mr y juzgar los planos de construcción de nuevas fábricas en di- partes del mundo. Hivencié en junio de 1929 y el título de ingeniero había de ob- en setiembre. La boda se celebró en ese intervalo. Esto permi- maravillosa luna de miel por Italia, Suiza y Austria, viaje que me dejo una fuente de recuerdos encantadores para nosotros dos. diciéndole: “Papá, hasta ahora he mantenido mi promesa, pero no po dré seguir así mucho más, necesito tener un vehículo propio.” Así co seguí que me dejaran comprar un Renault pequeño de cuatro plazas Un dos plazas le pareció a mi padre muy poco adecuado, pues opinaba que debía tener un coche en el que, aunque pequeño, pudiera llevar mis amigos. Afortunadamente, nunca he considerado la riqueza como un derecho. Mis amigos estudiantes solían decirme: ¡Federico, si yo tuviese un padre con tanto dinero como el tuyo, me pasaría la vida de juerga!” Pero nunca sentí deseo alguno de ser pródigo con el dinero o dar fiestas extravagantes. Me divertía unirme a los demás cuando estábamos en vena, pero nunca llegué a ser asiduo visitante de tascas en el verdadero sentido de la frase, tal vez por mi compromiso tan temprano. Nos casamos en La Haya el 4 de julio de 1929, tras deliciosos preparativos. En Eindhoven habíamos organizado una fiesta al aire libre en los bosques, que se fue al garete a causa de una tormenta, pero quizas terminó alegremente en una sala de la localidad. Tuvimos una fiesta de cerezas en Zaltbommel, y fuimos invitados a comidas por tíos, y primos de La Haya. Como el resto del mundo, Holanda disfrutaba de buen clima económico. Nadie podía pensar que el próximo otoño empe zaria en América la Gran Depresión, que se extendería a todo el mun do. Gozaba plenamente de aquella luna de miel, lo mismo que mi novi que para mí era la chica más preciosa del mundo. Fin de los estudios El compromiso y la boda significaron mucho más que un simple intermedio en mis días universitarios. De todos modos, tenía que acabar los estudios. Coincidiendo precisamente con mi “compromiso no ol cial” tuve el examen del segundo año... y me suspendieron, hecho es que a veces ha servido de acicate para mis hijos. Pero en aquel enton supuso un rudo golpe para los dos, porque significaba perder un año Felizmente pude recuperar casi todo lo perdido y por último obtuve: diploma de ingeniero en 1929, al cabo de seis años, que no es much tiempo ni siquiera hoy en día. El programa de estudios incluía por lo menos seis meses de prácticas en una empresa. Fui primero a una fábrica de máquinas de Breda, en lo militar después trabajé en un torno de la factoría de máquinas- herramientas de Alfredo Herbert, en Coventry. Todas las mañanas empezaba el trabajo a las 7:30 con el resto de la plantilla, y hacía la misma producción quellos, aunque no con tanta rapidez. Aquí supe por mí mismo lo maraestablecimos en Bloemendaal, junto a Haarlem, por ser un lugar ) para hacer el servicio militar, que aún tenía pendiente. Muchos compañeros de estudios habían preferido quitárselo de encima loantes posible, sirviendo de soldado raso, pero yo pensaba que el adies- tramiento de oficial sería una preparación excelente para cualquiera que más adelante tuviese que mandar hombres. Se podía elegir entre se destinado por sorteo o pedir voluntario a una sección determinada, So- licité servir como ingeniero en la Fábrica de Artillería de Hembrug, cer- ca de Bloemendaal, lo que tenía varias ventajas: podía continuar en mi profesión y adquirir experiencia en ella. No tenía que vivir en barraco- nes y sólo debía estar presenté en las horas de trabajo, que me eran muy cómodas: empezaba a las 7,30 de la mañana y acababa a las 4 de la tarde, con media hora para comer, Me enviaron a la fábrica de cartuchos y me otorgaron suficiente res- ponsabilidad para interesarme sin tener que llevar a cabo una tarea fuera de lo normal. El director, el Sr. I. L. E. Ornstein, era hombre excelente y estricto, lo que consideré una ventaja, y allí aprendí mucho. Pronto me nombraron ayudante del jefe de la sección de confección de herra- mientas, y al poco tiempo ocupé su puesto. Esto me dio una visión de lo que es la planificación, pues las herramientas tenían que hacerse exactamente en el plazo previsto si se quería que la fábrica siguiese trabajando, hacíamos matrices para la fabricación de cartuchos de ametralladora, que se producían en cantidades enormes. Aquí aprendí a hacer estudios de tiempos y advertí lo diferentes que somos unos de otros: Una persona podía producir 125 unidades con la mayor facilidad, en tanto que otra sólo conseguía 95 en el mismo tiempo, a pesar del gran esfuerzo que en ello ponía. ie me dejasen ponerla en práctica, con la condición expresa ulificar las tarifas durante un año. Como es natural, eso exigía Introducción del nuevo sistema fue una experiencia valiosísima. elplo el personal no creía en él, pero cuando se percató de que | ‘ii más “nivelaciones”, la producción empezó a subir constan- _ lita el punto que algunos operarios llegaron a producir un por ciento más. Esto significaba unas ganancias extras conside- Ae empezó a pensar en conseguir la manera de acelerar el traba- lelrimento de la calidad, y a tomar toda clase de iniciativas. Fue men Interesante para los empleados y para mí. Pero después que tuvo interpelaciones en el Parlamento, alegando que en la fabrica de artilleria se obligaba a los trabajadores a aumentar la producción, el problema de tanto por pieza se volvió a modificar de manera que dejó yer interés para el trabajador. ner de esperar, los comunistas me colgaron la etiqueta de “hijo mM! En las puertas de la fábrica se vendía una hoja, titulada wielonero” en la que se decía que el hijo del rey de las lámparas Taba los obreros de la Fábrica de Artillería, pero los propios e tomaban tales afirmaciones a chirigota, como lo muestran los len que se relatan a continuación. Se aproximaba el 1 de mayo de 1930, día del Trabajo, en el que nadie trababa, y por entonces llegó un pedido grande de la Marina. Dos i rpar con destino a las Indias Orientales Holandesas. Esta fue también mi primera experiencia en el trato y direccion de hombres. En Hembrug los operarios eran una mezcla muy heterogénea: gentes de estrictas convicciones religiosas manejaban tornos junto a otras de puntos de vista rojo intenso. Además existían las diferencias regionales: personas de diferentes medios rurales tenían poco en común entre sí o con la gente de Amsterdam, en tanto que otros jamás vivirían voluntariamente fuera del centro de esta población. Tuve pues que tratar con toda clase de personas. Cuando llegaba al trabajo empezaba por darles los “buenos días” a todos, lo que no había sido habitual hasta entonces. melhor de 10 cm. Estas matrices sólo se podían hacer en los dos mayores de que disponíamos, manejados por operarios muy los cuales eran comunistas convencidos. El jefe de la fábrica Mehos predijo que estos dos hombres se negarían a trabajar el muyo, pero dije: “De todos modos, voy a decírselo, Lo único que puede pasar es que me contesten que no”. Me fui a hablar con ellos, tal fue fue mi sorpresa!: “Bien, teniente Philips, si cree usted que debemos venir, vendremos. Cierto, que es el primero de mayo, pero ya tro el año que viene.” Tambien aprendí también a entender un poco la mentalidad de los funcionarios, Por trabajar también yo para el gobierno, más adelante resultó más fácil seguir su manera de pensar. En Hembrug pumplir estrictamente con mi deber, pero en ocasiones me mé La fábrica hacía muchos encargos a proveedores pequeños, tanto los exprimí a veces! Procuraba rebajar los precios hasta el ando el método habitual: “Señor: está trabajando Parte de mi tarea consistía en conseguir una producción adecuada. Pero el sistema entonces seguido, de tanto por pieza, ofrecía pocos incentivos al personal. En cuanto superaban la producción asignada, los porcentajes se ajustaban a los logros mejorados, práctica llamada de “nivelación”. Naturalmente, nadie se molestaba en producir mucho. Para conseguir un mejor rendimiento era esencial que se garantizasen las tarifas durante un período determinado, aunque fuesen muchos los que las superasen. Pude convencer a la dirección de la necesidad de la mejorar el sistema. para el Gobierno, y el precio tiene que ser el más