EL SOL ES GRIS MAURICIO ROA El sendero serpenteaba con suavidad entre colinas cubiertas por un manto de flores que se extendía hasta perderse en el horizonte. Había pétalos blancos, rosados, celestes y dorados que se mecían lentamente con el viento, como si la pradera respirara. A lo lejos, un arroyo descendía entre las pendientes con un murmullo constante, tan limpio y sereno que apenas parecía romper el silencio. Sobre aquel paisaje, el cielo era inmenso. No estaba vacío. Varios planetas de distintos tamaños permanecían suspendidos sobre las nubes, inmóviles desde hacía tanto tiempo que cualquiera habría pensado que formaban parte natural del firmamento. Uno de ellos estaba rodeado por un anillo delgado que brillaba con tonos nacarados cuando la luz del sol lo atravesaba. Más allá, pequeños destellos recorrían lentamente el azul del cielo como estrellas que hubieran olvidado esperar la noche para aparecer. Por aquel camino caminaba un joven de cabello oscuro y expresión tranquila. Sus pasos eran pausados, sin la menor señal de prisa. No seguía un mapa ni buscaba llegar antes de que anocheciera. Simplemente avanzaba, disfrutando del paisaje con la calma de quien conoce cada rincón y, al mismo tiempo, siente que aún quedan infinitos lugares por descubrir. Llevaba años recorriendo aquel mundo. Nunca había encontrado razones para dejar de hacerlo. A un costado del sendero, un árbol inclinaba sus ramas sobre la hierba. Sus frutos, redondos y de un intenso color anaranjado, desprendían un aroma dulce que el viento repartía por los alrededores. El joven estiró la mano, tomó uno y continuó caminando mientras le daba un mordisco. La pulpa era jugosa. Como siempre. Un pequeño grupo de aves descendió hasta el camino apenas unos metros delante de él. Picotearon tranquilamente entre la hierba sin mostrar el menor signo de temor. Una de ellas levantó la cabeza, lo observó durante un instante y volvió a concentrarse en las diminutas semillas que encontraba entre las flores. El joven sonrió apenas. Capítulo I Belleza en cada paso El sendero descendió hasta encontrarse con el arroyo. El agua avanzaba despacio entre piedras lisas de distintos tamaños, dejando que la luz del sol dibujara destellos sobre la superficie. A simple vista podía distinguirse cada guijarro del fondo, como si el agua no tuviera intención alguna de ocultar nada. El joven se arrodilló junto a la orilla, dejó el fruto a un lado y sumergió ambas manos. El agua estaba fresca. Se llevó un poco al rostro y después bebió con tranquilidad. Nunca había sentido la necesidad de preguntarse por qué aquel arroyo permanecía limpio todo el tiempo. Simplemente siempre había sido así. Cuando terminó, permaneció unos segundos observando cómo la corriente arrastraba lentamente un pequeño pétalo rosado. Lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre la vegetación. —Buen viaje —dijo con una leve sonrisa. Se incorporó, tomó nuevamente la fruta y continuó caminando. No muy lejos del arroyo, un zorro de pelaje blanco descansaba bajo la sombra de un árbol. Al escuchar los pasos levantó las orejas y miró al joven con curiosidad. Ninguno de los dos se movió durante unos instantes. —Buenos días. El animal inclinó apenas la cabeza antes de volver a acomodarse sobre la hierba. —Descansa bien. El joven siguió su camino convencido de que aquella había sido una conversación perfectamente normal. No esperaba respuestas. Nunca las había esperado. Aquel mundo tenía una forma muy particular de comunicarse. El viento entre los árboles, el murmullo del agua y el canto lejano de las aves llenaban los silencios de una manera que hacía innecesarias muchas palabras. Mientras avanzaba, una suave brisa levantó ligeramente la tela de su chaqueta. Sobre el lado izquierdo del pecho, cosido con hilo blanco, podía leerse un único número. 906. Era lo único que había encontrado consigo el día que despertó. No recordaba haber elegido aquella chaqueta. Tampoco recordaba quién la había confeccionado. Solo sabía que el número siempre había estado ahí. Como nunca encontró otro nombre, hacía mucho tiempo había decidido llamarse Ninesix. Le gustaba cómo sonaba. Sonreía cada vez que lo pronunciaba. Y aunque nunca había descubierto por qué era el único que llevaba un número en lugar de un nombre, tampoco dejaba que esa pregunta le robara la paz. Había otras preguntas mucho más difíciles de responder. El camino volvió a elevarse hasta la cima de una colina desde donde el paisaje parecía extenderse sin final. El viento recorría la pradera formando pequeñas ondas entre las flores, mientras las copas de los árboles se balanceaban con una calma que parecía contagiarlo todo. Ninesix se detuvo. No porque estuviera cansado. Simplemente le gustaba mirar. Se sentó sobre la hierba, apoyó los brazos detrás de la espalda y dejó que el silencio hiciera el resto. Desde allí podía distinguir el brillo de varios ríos serpenteando entre los valles y, más allá, una cadena de montañas cuyos picos desaparecían entre nubes blancas y esponjosas. Era un paisaje distinto al del día anterior. Y seguramente distinto al del siguiente. Eso era lo que más le gustaba de caminar. Siempre había algo nuevo. Aun así... después de tantos años, había una sensación que seguía acompañándolo. Era difícil ponerle un nombre. No era tristeza. Tampoco preocupación. Mucho menos soledad. Le gustaba aquel mundo. Le gustaba recorrerlo. Le gustaba dormir bajo los árboles, escuchar el agua correr y descubrir lugares donde nadie parecía haber estado antes. Era feliz. O al menos eso creía. Sin embargo, cada vez que permanecía demasiado tiempo quieto, terminaba mirando el horizonte como si esperara que ocurriera algo. Nunca ocurría. Y aun así, al día siguiente volvía a caminar. No porque estuviera huyendo de algún lugar. Ni porque pensara que el siguiente paisaje sería más hermoso que el anterior. Simplemente tenía la sensación de que detenerse definitivamente significaría renunciar a algo que todavía no conocía. Una mariposa de alas azul celeste se posó sobre su rodilla. Ninesix la observó durante unos segundos. —¿También vas de camino? —preguntó con una sonrisa. La mariposa abrió y cerró las alas un par de veces antes de emprender el vuelo. Él siguió su recorrido con la mirada hasta perderla entre las flores. —Supongo que sí. Se levantó sacudiendo con cuidado algunas hojas que habían quedado sobre su pantalón. Miró una vez más el horizonte. Después continuó caminando. El sendero descendía lentamente hacia un valle cubierto por árboles frutales. Algunos dejaban caer sus frutos sobre la hierba, donde pequeños conejos y aves compartían el alimento sin disputárselo. El aire olía a tierra húmeda y a flores recién abiertas, una mezcla tan familiar para Ninesix que apenas la percibía. Continuó caminando mientras el sol avanzaba despacio sobre el cielo. No sabía cuánto tiempo llevaba recorriendo aquel valle. Allí las distancias parecían medirse de otra manera. A veces una caminata duraba unos minutos. Otras veces, un paisaje entero podía acompañarlo durante días. No le molestaba. Nunca sintió que llegara tarde a ningún lugar. Al cruzar un pequeño puente de piedra, el murmullo del arroyo quedó atrás. Del otro lado crecían árboles mucho más altos, con troncos anchos cubiertos por un musgo suave de color esmeralda. Entre sus ramas se filtraban haces de luz que dibujaban manchas doradas sobre el camino. Ninesix levantó la vista. Le gustaban aquellos bosques. Siempre eran frescos, incluso cuando el resto del mundo estaba bañado por un sol cálido. Mientras avanzaba, se agachó para recoger una pequeña flor que había caído sobre el sendero. La observó unos instantes y la acomodó con cuidado sobre una roca cercana. —Ahí se ve mejor. Sonrió satisfecho y retomó la marcha. No había nadie para escuchar aquel comentario. Tampoco era necesario. Unos metros más adelante, el bosque comenzó a abrirse. La vegetación dio paso a un amplio claro iluminado por el sol. Desde allí podía verse una pequeña casa de madera, construida sobre una suave colina. No era grande. Tenía un techo cubierto por plantas trepadoras y un jardín repleto de árboles cargados de frutos. Una figura se movía entre ellos. Era la primera persona que Ninesix encontraba en mucho tiempo. Sin apresurar el paso, continuó caminando hacia la casa con la misma tranquilidad con la que siempre se acercaba a alguien nuevo. El hombre no pareció sorprenderse al verlo acercarse. Continuó recogiendo los frutos de uno de los árboles hasta llenar una pequeña cesta de mimbre. Solo entonces levantó la vista y le dedicó una sonrisa tranquila, como si hubiera estado esperando la visita de alguien desde hacía tiempo. —Buenos días. —Buenos días —respondió Ninesix, devolviéndole la sonrisa. El hombre dejó la cesta sobre el suelo. —Hace bastante que no veía a alguien pasar por este camino. Ninesix miró alrededor. El jardín estaba lleno de árboles frutales perfectamente cuidados. Entre ellos crecían pequeñas flores blancas y amarillas que atraían mariposas de todos los colores. A un lado de la casa había un banco de madera desde donde podía contemplarse el valle entero. Era un lugar agradable. —Es muy bonito aquí. —Gracias. El hombre miró un instante los árboles antes de añadir con naturalidad: —Me llamo Eiren. —Yo soy Ninesix. Eiren repitió el nombre en voz baja, como si quisiera recordar su sonido. —Ninesix... Sonrió. —Es un buen nombre. No preguntó de dónde venía. Ni por qué sonaba distinto a cualquier otro que hubiera escuchado. Simplemente lo aceptó. Como aceptaba el viento, la lluvia o el cambio de las flores con el paso de los días. —¿Te quedarás un rato? —preguntó. Ninesix observó el banco de madera. Después volvió a mirar el valle. —Me gustaría. Eiren tomó dos frutos de una cesta y le lanzó uno con suavidad. Ninesix lo atrapó antes de que cayera al suelo. —Gracias. —No hay de qué. Los dos comenzaron a comer en silencio, contemplando el paisaje. No era un silencio incómodo. En aquel mundo, compartir un momento con alguien no siempre significaba llenar el aire de palabras. A veces bastaba con mirar el mismo horizonte. Y aquella mañana, el horizonte parecía tener suficiente belleza para hablar por los dos. Eiren terminó de comer su fruta y dejó el corazón sobre una pequeña cesta de madera que descansaba junto al banco. Permaneció unos segundos observando el jardín antes de levantarse. —Creo que ya están maduras. Ninesix siguió su mirada. En una de las ramas más bajas colgaban varios frutos de piel rojiza que brillaban bajo la luz del sol. Eiren se acercó al árbol con la tranquilidad de quien repite un gesto aprendido hace mucho tiempo. Extendió la mano, giró suavemente uno de los frutos y este se desprendió casi por sí solo. Lo observó unos instantes antes de colocarlo con cuidado dentro de la cesta. Después hizo lo mismo con otro. Y con otro más. Ninesix lo contempló en silencio. No parecía estar trabajando. Parecía disfrutar cada movimiento. —Te gusta hacer esto, ¿verdad? —preguntó. Eiren sonrió sin dejar de recoger los frutos. —Mucho. Guardó uno más en la cesta antes de continuar. —Cuando llegué, este lugar estaba vacío. Había algunos árboles pequeños y un terreno muy bonito. Pensé que sería agradable verlo crecer. Miró alrededor con satisfacción. —Ha tardado bastante. Ninesix dejó escapar una leve risa. —Creo que valió la pena. —Yo también lo creo. Durante unos minutos ninguno volvió a hablar. Solo se escuchaba el roce de las hojas movidas por el viento y el sonido suave de los frutos al acomodarse dentro de la cesta. Cuando Eiren terminó, se sentó nuevamente en el banco. —¿Y tú? Ninesix levantó la vista. —¿Qué haces cuando no caminas? La pregunta quedó suspendida entre ambos. Ninesix tardó un momento en responder. Miró el sendero por el que había llegado. Después el horizonte. Finalmente sonrió con cierta timidez. —Camino otra vez. Eiren soltó una pequeña risa. No era una burla. Era una risa cálida, de esas que aparecen cuando alguien da una respuesta completamente sincera. —Eso explica por qué siempre llevas polvo en los zapatos. Ninesix bajó la mirada. Observó sus botas cubiertas por una fina capa de tierra. Después volvió a sonreír. —Supongo que sí. Eiren tomó la cesta llena de frutos y comenzó a caminar entre los árboles. De vez en cuando se detenía para retirar alguna rama seca o acomodar con cuidado una planta que había crecido inclinada hacia el sendero. Ninesix decidió acompañarlo. Durante varios minutos caminaron sin decir una sola palabra. No hacía falta. El silencio nunca resultaba incómodo cuando ambos encontraban algo agradable para mirar. Al llegar al extremo del huerto, Eiren dejó la cesta sobre una mesa de madera construida junto a la casa. Desde allí podía verse el valle entero. El arroyo brillaba bajo el sol como una cinta de cristal que atravesaba la pradera, y el viento hacía ondular las flores hasta donde alcanzaba la vista. —Es hermoso —dijo Ninesix. Eiren asintió lentamente. —Lo es. Guardó silencio unos segundos antes de continuar. —Por eso sigo aquí. Ninesix observó el paisaje. No preguntó por qué. La respuesta estaba frente a él. Aquel lugar hacía feliz a Eiren. Y eso era suficiente. Después de un rato, Ninesix se puso de pie. —Creo que seguiré caminando. Eiren sonrió con la misma tranquilidad con la que lo había recibido. —Que tengas un buen camino, Ninesix. —Tú también. Los dos rieron apenas. Ninguno corrigió la despedida. Eiren sabía perfectamente que él no pensaba ir a ninguna parte. Y Ninesix sabía que el otro lo entendía. Aun así, les pareció una buena forma de despedirse. Ninesix retomó el sendero mientras levantaba una mano en señal de adiós. No volvió la vista atrás. No porque no quisiera. Simplemente confiaba en que Eiren seguiría allí, cuidando de sus árboles con la misma paciencia con la que el valle cuidaba de él. Al caer la tarde, la pequeña casa desapareció entre las colinas. El camino volvió a quedar completamente vacío. Como casi siempre. Los días continuaron sucediéndose con la misma calma de siempre. El sendero cambió de forma incontables veces. Atravesó bosques donde la luz apenas alcanzaba el suelo, cruzó llanuras cubiertas por flores blancas que se extendían hasta el horizonte y bordeó lagos tan tranquilos que reflejaban el cielo con una precisión casi perfecta. Algunas noches, Ninesix dormía bajo las ramas de un árbol. Otras prefería hacerlo sobre alguna colina desde donde pudiera contemplar las estrellas y los inmensos planetas suspendidos en el firmamento. Nunca necesitó construir una casa. El mundo entero le parecía un buen lugar para descansar. Una mañana despertó junto a un campo cubierto por pequeñas flores azuladas. Las gotas de rocío brillaban sobre los pétalos mientras los primeros rayos del sol comenzaban a iluminar el valle. Permaneció unos minutos observando cómo una familia de ciervos cruzaba la pradera sin apresurarse. El más pequeño se detuvo apenas un instante para mirarlo antes de continuar siguiendo a los demás. Ninesix levantó una mano. —Que tengan un buen día. Los ciervos desaparecieron entre los árboles. Él sonrió satisfecho. No esperaba que lo entendieran. Simplemente le parecía una buena manera de comenzar la mañana. Después de sacudirse la hierba de la ropa, retomó el camino. Las colinas fueron desapareciendo poco a poco hasta dar paso a una extensa llanura donde el viento soplaba con mayor fuerza. Desde allí podían verse montañas muy lejanas, de un tono violáceo, cuyos picos parecían perderse entre nubes suaves y luminosas. Ninesix caminó durante horas. No encontró a nadie. Ni una casa. Ni un puente. Solo el sonido del viento acompañando cada uno de sus pasos. Y, curiosamente, aquel inmenso silencio nunca le resultó incómodo. Cuando el sol comenzó a descender, el paisaje adquirió tonos más cálidos. El verde de las colinas se mezcló con reflejos dorados, y las copas de los árboles parecían encenderse lentamente bajo la luz de la tarde. Ninesix encontró una roca lisa que sobresalía de la ladera de una colina. Desde allí podía verse gran parte del valle que había recorrido durante el día. El arroyo era apenas una delgada línea brillante a lo lejos, y los planetas comenzaban a destacar sobre el cielo conforme la luz cambiaba. Se sentó. Apoyó los codos sobre las rodillas y permaneció inmóvil. No estaba descansando. Simplemente observaba. Lo hacía con frecuencia. Había aprendido que ningún atardecer era exactamente igual al anterior. A veces el cielo parecía pintado con tonos anaranjados; otras, adquiría colores violetas y azulados que se mezclaban lentamente hasta dar paso a la noche. Incluso las nubes parecían elegir una forma distinta cada día. Era hermoso. Siempre lo era. Y, sin embargo... después de contemplar el horizonte durante un largo rato, Ninesix volvió a mirar el sendero. No había ninguna razón para levantarse. Podía pasar la noche allí. El lugar era tranquilo. Había agua cerca. Los árboles estaban cargados de frutos. Nada podía hacerle daño. Aun así, permaneció unos segundos más con la vista fija en el camino de tierra que desaparecía entre las colinas. Finalmente sonrió para sí mismo. —Será un poco más. Se puso de pie, acomodó su chaqueta y comenzó a caminar una vez más. El sendero lo esperaba con la misma paciencia de siempre. Y, por alguna razón que nunca había logrado comprender, él sentía que también debía responder a ese llamado silencioso. La noche terminó envolviendo el paisaje con una calma absoluta. Las primeras estrellas comenzaron a aparecer entre los enormes planetas que decoraban el cielo. Su luz se reflejaba sobre un lago cercano, inmóvil como un espejo, donde la superficie apenas se alteraba cuando alguna brisa acariciaba el agua. Ninesix abandonó el sendero y descendió hasta la orilla. Se agachó para beber un poco de agua y, después, se dejó caer sobre la hierba. El suelo conservaba el calor del día y resultaba sorprendentemente cómodo. Cruzó las manos detrás de la cabeza mientras contemplaba el cielo. Nunca se cansaba de hacerlo. Había noches en las que intentaba imaginar qué habría sobre aquellos planetas suspendidos en el firmamento. Otras veces simplemente los observaba hasta quedarse dormido. Aquella noche eligió lo segundo. Un grupo de pequeñas luces comenzó a aparecer entre los árboles cercanos. Revoloteaban lentamente sobre el agua, iluminando la orilla con destellos suaves que se movían al ritmo del viento. Algunas pasaban tan cerca de él que por un instante parecían diminutas estrellas descendiendo hasta la tierra. Ninesix sonrió. —Buenas noches. Las pequeñas luces continuaron su danza silenciosa. Cerró los ojos. No tenía preocupaciones. No existía ningún lugar al que debiera llegar antes del amanecer. No había peligros acechando entre los árboles. Ni tormentas de las que esconderse. Solo el sonido del agua, el viento y la inmensidad del cielo acompañándolo una vez más. Antes de quedarse dormido, una idea volvió a cruzar por su mente. No era nueva. Lo acompañaba desde hacía tanto tiempo que ya formaba parte de él. Quizá mañana. Quizá un poco más adelante. Quizá detrás de la siguiente colina. Con ese último pensamiento, el sueño terminó por vencerlo. Mientras el viento seguía recorriendo la pradera, el sendero permanecía en silencio, extendiéndose hacia un horizonte donde todavía aguardaban innumerables paisajes... y un encuentro capaz de cambiar para siempre el rumbo de su camino. Los días continuaron sucediéndose con la misma tranquilidad. El paisaje cambiaba con cada nuevo sendero, pero la sensación era siempre la misma. Había colinas donde el viento hacía ondular la hierba como si fuera la superficie de un lago; bosques cuyos árboles dejaban pasar la luz en pequeños haces dorados; arroyos tan transparentes que el fondo parecía encontrarse a unos pocos centímetros de la superficie, aunque en algunos tramos fueran mucho más profundos. Ninesix siguió caminando. Nunca llevaba prisa. Se detenía cuando encontraba un lugar que le parecía especialmente hermoso y continuaba cuando sentía que había llegado el momento de hacerlo. Nadie le esperaba en ningún sitio, pero tampoco existía un lugar donde no fuera bien recibido. Aquella mañana el sendero comenzó a estrecharse entre altos arbustos cargados de pequeñas flores blancas. A ambos lados crecían árboles frutales de distintas especies, mezclados sin ningún orden aparente, como si hubieran decidido crecer juntos desde hacía mucho tiempo. El aire olía a pan recién horneado. Ninesix se detuvo. Inspiró profundamente una vez más. Sonrió. Hacía mucho que no percibía aquel aroma. Abandonó el sendero principal y siguió un pequeño camino de piedra que descendía suavemente entre los árboles. A medida que avanzaba, el olor se hacía más intenso, mezclándose con el perfume de lavanda y romero que el viento arrastraba desde algún lugar cercano. Entonces la vio. Apenas sobresalía entre la vegetación. Era una pequeña casa de madera con el techo cubierto por enredaderas florecidas. Delgada columna de humo escapaba lentamente por la chimenea, perdiéndose entre las ramas de los árboles antes de alcanzar el cielo. Ninesix sonrió con la misma naturalidad con la que sonreía cada vez que encontraba un nuevo hogar. Y continuó caminando hacia la puerta. Capítulo 2 A paso de hogar La puerta permanecía entreabierta. Ninesix se detuvo frente a ella unos instantes. Desde el interior seguía llegando el aroma del pan recién horneado, mezclado con el perfume de hierbas que no alcanzaba a distinguir. Levantó la mano y golpeó suavemente dos veces sobre la madera. No obtuvo respuesta. Esperó. El silencio continuó siendo tan tranquilo como el resto del lugar. Justo cuando pensó en marcharse para no interrumpir a quien viviera allí, una voz serena llegó desde la parte trasera de la casa. —Estoy en el jardín. Ninesix rodeó la vivienda siguiendo un pequeño sendero de piedras lisas. A cada lado crecían arbustos cargados de diminutas flores violetas que atraían mariposas de alas translúcidas. Algunas descansaban sobre las hojas sin inmutarse cuando él pasaba a su lado. Al doblar la esquina encontró un amplio jardín iluminado por el sol. En el centro, una mujer retiraba con cuidado una bandeja de un horno de piedra construido al aire libre. El vapor escapó lentamente al levantar la tapa, dejando que el aroma del pan recién hecho inundara todo el lugar. La mujer dejó la bandeja sobre una mesa de madera y levantó la vista. Sonrió con naturalidad. —Hola. —Hola. Ninesix devolvió la sonrisa mientras observaba el jardín. Había macetas de todos los tamaños. Algunas estaban hechas de barro, otras de piedra pulida y otras parecían talladas directamente en grandes trozos de madera. Sobre una cuerda tendida entre dos árboles colgaban pequeñas telas pintadas con delicados paisajes: montañas, lagos, flores y cielos cubiertos por los mismos planetas que podían verse sobre sus cabezas. Todo el lugar parecía construido con paciencia. Como si cada objeto hubiera encontrado exactamente el sitio donde debía estar. La mujer notó hacia dónde miraba. —¿Te gustan? Ninesix asintió. —Mucho. Ella tomó un paño para limpiarse las manos y miró alrededor con una satisfacción difícil de ocultar. —A mí también. Durante un momento ninguno dijo nada. No porque faltaran palabras. Simplemente ambos estaban ocupados contemplando el jardín. Y, en aquel mundo, eso siempre era una buena razón para guardar silencio. La mujer tomó uno de los panes todavía tibios y lo colocó sobre una tabla de madera. Con un pequeño cuchillo cortó dos rebanadas gruesas y ofreció una de ellas a Ninesix. —Aún está caliente. Él la recibió con ambas manos. —Gracias. El aroma era agradable. La corteza crujía apenas al partirla y el interior era tan suave que casi parecía deshacerse antes de probarlo. Ninesix dio un pequeño bocado. Como siempre ocurría con todo lo que encontraba en aquel mundo, el sabor era sencillo y agradable. La mujer observó su expresión y sonrió. —Creo que quedó mejor que la última vez. Ninesix la miró con curiosidad. —¿La última vez no estaba bueno? Ella soltó una pequeña risa. —Sí estaba bueno. —Entonces... ¿cómo sabes que este quedó mejor? La mujer se quedó pensándolo unos segundos. Miró el pan. Después el horno. Finalmente respondió con absoluta naturalidad. —Porque hoy disfruté más preparándolo. Ninesix sonrió. Aquella respuesta tenía sentido. Muchísimo sentido. Mientras terminaban de comer, una suave brisa recorrió el jardín. Las pequeñas telas pintadas comenzaron a balancearse lentamente entre los árboles. Ninesix volvió a observarlas. —¿Las hiciste tú? Ella asintió. —Todas. —¿Y las macetas? —También. —¿Y el horno? —Sí. Ninesix dirigió la vista hacia la casa. —¿La casa también? La mujer volvió a asentir. —Cuando llegue aquí solo había este terreno. Todo lo demás lo fui haciendo poco a poco. Ninesix recorrió el jardín con la mirada una vez más. No había una sola piedra fuera de lugar. Cada planta parecía haber sido sembrada con cariño. Cada objeto encontraba su sitio sin llamar la atención. Era un lugar hermoso. Pero, sobre todo... era un lugar querido. —Me alegra haber pasado por aquí —dijo Ninesix con una sonrisa sincera. Ella inclinó ligeramente la cabeza. —A mí también. La mujer tomó la tabla de madera y comenzó a guardar el pan restante dentro de una cesta cubierta con un paño de lino. Lo hizo con movimientos pausados, como quien disfruta incluso de las tareas más sencillas. Ninesix la observó unos instantes antes de volver a recorrer el jardín con la mirada. Había pequeñas figuras de barro repartidas entre las plantas. Algunas representaban aves; otras, animales que él no recordaba haber visto nunca. Ninguna era exactamente igual a otra. Se acercó a una de ellas. Era una tortuga del tamaño de su mano, con el caparazón cubierto por diminutos relieves que imitaban hojas. La levantó con cuidado. —Esta me gusta mucho. La mujer sonrió desde la mesa. —Es la primera que hice. Ninesix volvió a observarla. —¿Por eso la dejaste aquí? Ella negó suavemente con la cabeza. —Porque todavía me hace sonreír. Él dejó la pequeña figura exactamente donde la había encontrado. Le parecía importante que permaneciera en su lugar. Durante unos segundos ambos guardaron silencio. El viento hizo sonar unas pequeñas campanas de cristal que colgaban del alero de la casa. No producían una melodía definida. Eran notas suaves y dispersas que parecían mezclarse con el canto lejano de los pájaros. Ninesix levantó la vista. —¿También las hiciste tú? —No. La mujer señaló un árbol cercano. —Crecían allí. Ninesix parpadeó, confundido. —¿Las campanas? Ella asintió con total naturalidad. —Cuando eran pequeñas sonaban muy poco. Con el tiempo fueron endureciéndose hasta quedar así. Ninesix se acercó al árbol. Entre las hojas colgaban varias piezas transparentes, alargadas y delicadas. El viento las hacía chocar unas contra otras produciendo aquel sonido tan agradable. Sonrió. —Creo que todavía me falta conocer muchas cosas de este mundo. La mujer lo miró con una expresión serena. —A todos nos pasa. Ninesix observó nuevamente las campanas. Aquella respuesta le gustó. No porque respondiera una pregunta. Sino porque le recordaba que, sin importar cuánto hubiera caminado durante aquellos años, el mundo siempre encontraba una forma de sorprenderlo un poco más. Ninesix permaneció un momento bajo el árbol de las campanas. El viento seguía haciéndolas sonar con suavidad, produciendo una melodía distinta cada vez que las ramas se movían. —Nunca había visto un árbol como este. —Hay muy pocos. La mujer tomó una pequeña regadera de barro y comenzó a caminar entre las flores. Vertía apenas un poco de agua sobre algunas de ellas, aunque el suelo ya conservaba suficiente humedad. Ninesix la observó con curiosidad. —¿Necesitan agua? Ella negó con una sonrisa. —No. —Entonces... ¿por qué las riegas? La mujer levantó la vista hacia las flores. —Porque me gusta hacerlo. La respuesta llegó con tanta naturalidad que Ninesix no hizo otra pregunta. Después de todo, no todo necesitaba una explicación. Continuó paseando por el jardín mientras la mujer seguía cuidando cada rincón con la misma delicadeza con la que un artista da el último trazo a una pintura. Había flores creciendo entre las piedras del sendero. Pequeños arbustos rodeando la casa. Enredaderas cubriendo parte del techo. Nada parecía colocado por obligación. Todo estaba allí porque alguien había decidido dedicarle tiempo. Ninesix volvió a detenerse frente a una de las telas que colgaban entre los árboles. Representaba una colina iluminada por un atardecer de tonos dorados. Sobre el cielo podían verse dos enormes planetas reflejados en un lago completamente inmóvil. Le resultaba familiar. No porque hubiera estado allí. Sino porque cualquier rincón de aquel mundo podía ser igual de hermoso. —¿Pintas lugares que visitas? —preguntó. La mujer dejó la regadera sobre el suelo. —No siempre. Se acercó hasta colocarse a su lado. —A veces pinto lugares que me gustaría recordar incluso si algún día dejara de verlos. Ninesix volvió a mirar la pintura.