Opera Digitalia – Volumen III – 2012 Giovanni Cavalcoli OP OPERA DIGITALIA QUAESTIONES DISPUTATAE EN LA ERA DIGITAL GIOVANNI CAVALCOLI OP VOLUMEN III - 2012 A principios de octubre de 2022, un lector argentino le manifestaba al padre Giovanni Cavalcoli las dificultades que sufría para adquirir sus libros desde Argentina, por las restricciones económicas y por la descomunal inflación en su país. El docto dominico le respondió entonces: "Comprendo su dificultad para procurarse mis libros; sin embargo, le puede bastar el seguir lo que escribo en mi blog". Sin duda, estas palabras alientan a la lectura de sus notas periodísticas, y confirman que aquellas ideas que Cavalcoli ha desarrollado de manera más extensa y articulada en sus libros, también han sido expuestas en sus artículos periodísticos en diversos blogs y portales, junto a otras novedosas y profundas ideas que él ha ido profundizando con el curso del tiempo. COLECCIÓN DIGITAL GRATUITA Indice El padre Tomas Tyn y la pena de muerte (01.01.2012) 11 El espectáculo blasfemo. Carta a Romeo Castellucci (09.01.2012) 14 El espectáculo blasfemo de Castellucci. Carta al papa Benedicto XVI (11.01.2012) 16 El fallido pesebre en Rieti. Un episodio que va más allá de la actualidad (12.01.2012) 17 El espectáculo blasfemo. Carta a Castellucci, en respuesta al articulo... (17.01.2012) 19 El caso Castellucci. La respuesta de la Secretaría de Estado a la Carta a (19.01.2012) 21 El espectáculo blasfemo de Castellucci. Corr. con Mons. Ignazio Sanna (20.01.2012) 23 El espectáculo blasfemo de Castellucci. Carta a Vittorio Sgarbi (21.01.2012) 26 El espectáculo blasfemo de Castellucci. Carta a Antonio Socci (24.01.2012) 29 Castellucci y la Secretaría de Estado (31.01.2012) 33 La oración y la blasfemia. Contra las erróneas valoraciones del... (02.02.2012) 36 Una carta a Mons. Gherardini (05.02.2012) 40 El episcopado y los ángeles: ¿cuál es la relación? (13.02.2012) 43 Las palabras del Card. Caffarra sobre el espectáculo de Castellucci (18.02.2012) 50 Ateísmo: ¿un término "obsoleto"? (22.02.2012) 51 Lucio Dalla y el problema de la homosexualidad (07.03.2012) 54 ¿Antropocentrismo en el Concilio Vaticano II? (23.03.2012) 56 Mons. Bux y Mons. Fellay (24.03.2012) 60 Mons. Bux y Mons. Fellay. Respuesta al sitio "Una Vox" (29.03.2012) 63 Reflexiones sobre la Comunidad de Bosé (05.04.2012) 66 Bose y Medjugorje: dos emblemas del post-concilio (15.04.2012) 68 La filosofía orgiástica (22.04.2012) 70 El animal racional (05.05.2012) 75 La concepción de la persona humana (06.05.2012) 78 ¿Por "muchos" o "por todos"? El reclamo del Santo Padre a la... (08.05.2012) 81 Lutero y Descartes (10.05.2012) 83 Perspectivas para el Año de la Fe (16.05.2012) 85 La sabiduría de Descartes (25.05.2012) 88 Schillebeeckx y el Concilio Vaticano II (30.05.2012) 91 Unidad y divisiones en la Iglesia (05.06.2012) 93 Dialéctica, dialógica y diabólica (11.06.2012) 95 Difamación y crítica teológica (22.06.2012) 99 El "espíritu" del Concilio (05.07.2012) 102 Una carta a Cristina Siccardi (11.07.2012) 104 Respuesta a Cristina Siccardi (13.07.2012) 105 El debate sobre el Concilio. Carta al profesor Roberto de Mattei (22.07.2012) 106 El gnosticismo de Giuseppe Barzaghi (15.08.2012) 107 ¿La Iglesia avanza o sigue estando retrasada? Reflexiones tras la... (03.09.2012) 113 Certeza de la fe y arrogancia fundamentalista (22.09.2012) 115 La confrontación sobre Dios (28.09.2012) 117 "Fuertes en la Fe": Un libro de Don Marcello Stanzione útil para ... (07.10.2012) 119 La conversión de los herejes (11.10.2012) 121 De Parménides a Severino (14.10.2012) 125 El engaño del trascendental "moderno" (19.10.2012) 129 El complot del idealismo contra la Iglesia (27.10.2012) 133 La desobediencia al Papa (30.10.2012) 138 La inquisición modernista (04.11.2012) 141 Comprender a Rosmini (12.11.2012) 144 La plaga del buenismo (14.11.2012) 149 La denigración del catolicismo (20.11.2012) 152 La gran maniobra del idealismo (23.11.2012) 155 El modernismo de Gustavo Bontadini (27.11.2012) 158 Las consecuencias éticas del idealismo (30.11.2012) 161 La Enemiga de todas las herejías (??.12.2012) 166 Idealismo y nihilismo (06.12.2012) 168 El caso del Prof. Giovanni Zenone (07.12.2012) 172 Idealismo y ateísmo (09.12.2012) 173 La solidez de la fe (13.12.2012) 176 El Concilio Vaticano II y la Escuela de Bologna (16.12.2012) 179 El pecado original según el cardenal Ravasi (18.12.2012) 183 Prospectivas de antropología teológica (??.12.2012) 185 Nota del Traductor Se publican aquí los artículos que he podido recopilar escritos y publicados por el padre Giovanni Cavalcoli OP, durante el año 2012. En casi todos ellos he podido identificar la fecha exacta de publicación. Cualquier eventual error lo salvaremos en próximas ediciones. Además, es posible que el padre Cavalcoli haya escrito y publicado durante 2012 otros artículos que no figuran en esta recopilación. Si los descubrimos, también los añadiremos. Y a la vez, solicito a los amables lectores que me comuniquen si conocen la existencia de esos artículos aquí faltantes, al igual que me hagan llegar las advertencias de errores que es posible yo haya cometido en su traducción. Julio Alberto González Las Heras, Mendoza, Argentina email: julalbgonzalez@gmail.com El padre Tomas Tyn y la pena de muerte 1 Una de las dificultades que, para algunos, se oponen a la beatificación del padre Tyn, es el hecho que sostenía abiertamente, habitualmente y argumentativamente la legitimidad de la pena de muerte. De hecho, desde hace algunos años, circula en los ambientes católicos la convicción de que la Iglesia no admite ya la pena de muerte, es decir, existe la idea de que, aunque la admitiera, ella reflejaría una mentalidad irrespetuosa de la persona humana, una mentalidad que actualmente está superada y hoy ya no es admisible. En realidad, en el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992 todavía encontramos la tradicional justificación de la pena de muerte. El artículo dedicado a este tema recientemente ha sufrido un cambio que vale la pena tomar en consideración. El texto precedente decía lo siguiente: "La preservación del bien común de la sociedad exige colocar al agresor en estado de no poder causar perjuicio. Por este motivo, la enseñanza tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la legítima autoridad pública para aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a la pena de muerte" (n. 2266). En cambio, la modificación que se ha aportado es la siguiente: "La doctrina tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si ésta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto, las vidas humanas. Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana. Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquel que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo 'suceden muy rara vez, si es que ya en realidad se dan algunos' (Juan Pablo II, encíclica Evangelium vitae, 56: AAS 87 [1995] 464)" (n. 2267). Las citadas palabras de Juan Pablo II parecerían aludir al hecho de que hoy la Iglesia ya no admite la pena de muerte, pero esto no está dicho en modo categórico, sino en una forma hipotética que deja abierta la posibilidad, aunque "muy rara", de la "necesidad" de infligir esta pena. Por otra parte, también podríamos preguntarnos si existen efectivamente casos de "necesidad absoluta", como si estuviéramos ante un ineludible mandamiento del Señor o de la ley natural, contraviniendo el cual se caería en el pecado mortal. Ahora bien, la Iglesia no ha dicho jamás esto. Los mandamientos de matar que el Antiguo Testamento presenta como provenientes de Dios, nos dice la exégesis moderna, en realidad son interpretaciones de esta voluntad, ciertamente en buena fe, pero objetivamente ligadas a una concepción retrógrada tanto de la justicia como de la misericordia divina. En efecto, como resulta de la ética tradicional y de una sana filosofía moral, la licitud o no de infligir la pena de muerte es un principio moral de no inmediata evidencia, como lo son los primeros principios de la ley natural, sino que es una norma que por más que pueda ser justa, no está del todo exenta de un cierto vínculo con el cambiar de los tiempos y de los códigos morales. De hecho, en este nivel se da el preciso mandamiento de "no matar". Para recurrir a la pena de muerte, no parece que se deba necesariamente llegar a la conciencia de una "necesidad absoluta", sino que parece suficiente una consideración prudencial, por otra parte no infalible, pero que por el momento parece la mejor solución. En efecto, nuestras decisiones morales no pueden estar siempre basadas sobre una "necesidad absoluta", y por consiguiente una absoluta certeza, sino que es lícito y necesario en algunos casos, sobre todo aquellos difíciles y no claros, 1 Fr Giovanni Cavalcoli OP, publicado en el blog Riscossa Cristiana (Ricognizioni), el 1° de enero de 2012: https://www.ricognizioni.it/padre-tomas-tyn-e-la-pena-di-morte-di-p-giovanni-cavalcoli-op/ actuar en base a una simple probabilidad. Una vez hechas las cosas, uno puede darse cuenta, en base a nuevas consideraciones, que se ha equivocado, pero esto no quita que, habiendo actuado en buena fe, se haya sido inocente en haber realizado la acción que se realizó. Esto es precisamente lo que ha sucedido con la pena de muerte para los herejes, que la Iglesia ha practicado durante siglos, en buena fe, hasta que se ha advertido con certeza que la pena de muerte para los herejes no es conforme al respeto de la persona humana y a las normas morales del Evangelio. Pero la pena de muerte para delitos civiles es otra cosa y no toca la conciencia del individuo ante Dios como la problemática de la fe católica. En efecto, el punto de referencia de la pena de muerte en campo civil no es la ortodoxia de la fe, sino la salvaguarda del bien común temporal de la sociedad o del Estado. Es cierto que santo Tomás de Aquino, para sostener la pena de muerte de los herejes, consideraba que es peor corromper la fe que falsificar el dinero o alterar los alimentos o defraudar económicamente a los ciudadanos o suprimir vidas inocentes. Ahora bien -razonaba el Aquinate- si es un delito el daño al bien común temporal, mayor delito será el de corromper la fe del pueblo de Dios. Este principio de Tomás en sí es justo y siempre válido, pero hoy la Iglesia, conociendo mejor el misterio y la dignidad de la conciencia individual ante Dios, prefiere salvaguardar la fe del pueblo de Dios con procedimientos disciplinares no tan severos, aún cuando también aún se caracterizan por la intención de frenar o si fuera posible hacer cesar la obra peligrosa del hereje. En cuanto se refiere al principio de la pena de muerte en general, ha sido deducido por los moralistas y siempre al menos tácitamente reconocido por la Iglesia, que no le ha puesto jamás objeciones, en base a un razonamiento, como resulta por ejemplo de la enseñanza de santo Tomás: se ha comparado el cuerpo social a un cuerpo orgánico, y al delincuente a un miembro de este cuerpo, y se ha hecho la siguiente comparación: como para salvar al entero cuerpo físico es necesario quitar un miembro enfermo o infectado que hace correr el riesgo de dañar todo el cuerpo, así la autoridad pública tiene el derecho y el deber de suprimir a un delincuente que ponga seriamente en peligro el bien común de la sociedad y del Estado. Llegados a este punto podríamos preguntarnos qué autoridad tiene la sentencia de Juan Pablo II que he mencionado anteriormente acerca de la inexistencia actual de casos que requieran la pena de muerte. Digamos inmediatamente que se trata no de una tesis doctrinal de algún modo ligada a la divina Revelación, sino de una opinión prudencial, que indudablemente es de tener en consideración, pero de carácter no infalible y que, cambiadas las circunstancias, podría ella misma cambiar, presentándose así la necesidad de aplicar la pena de muerte. En este campo de la actitud a tomar frente a la vida, el único precepto absolutamente seguro, que es objeto tanto de la razón práctica como de la fe teologal, es la promoción y la defensa de la vida, sobre todo en los niveles superiores. Sobre este punto, la Iglesia no podrá jamás transigir ni cambiar. La decisión, en cambio, de si convenga o no la pena de muerte no es ni un dato absoluto de la razón ni una verdad de fe, sino una actitud prudencial de la pastoral eclesial y del buen moralista, un sector del pensamiento donde la Iglesia misma puede cambiar o incluso la Iglesia puede equivocarse. Esta cuestión de la licitud o no de la pena de muerte, se puede parangonar a algunas otras opiniones que en la Iglesia han tenido carta de ciudadanía durante largos siglos sin por eso ser consideradas por la Iglesia misma como valores inmutables. Ejemplos de ello pueden ser la creencia en el limbo y la convicción acerca de la inferioridad de la mujer frente al hombre, cosas que hoy por hoy han sido o están en curso de ser superadas en nombre de un progreso de la vida cristiana y un mejor conocimiento del mismo dato revelado. Por otra parte, el precepto "no matar" no debe ser entendido en un sentido absoluto, sino que sobreentiende "no matar al inocente", por lo cual no está prohibido en modo absoluto matar al culpable. Y esto en base a un principio más profundo, principio de carácter general, originario y absolutamente indiscutible, que es el principio primero de toda moral, el cual dice: "haz el bien y huye del mal". De aquí desciende lógicamente el deber de defender el bien de la agresión del mal. Ahora bien, ¿cuál es el mandamiento fundamental de la moral, sobre todo bíblica, si no aquel de promover y defender la vida y sobre todo las formas superiores y espirituales de la vida? Desde esta perspectiva, el padre Tomas Tyn notaba el hecho de que una cierta mentalidad contemporánea considera la vida física del individuo como una especie de valor supremo y absoluto, después del cual se ponen todas las demás cosas, incluida la dignidad de la conciencia y los valores de la religión. En sustancia, el ideal de muchos hoy en día es el de "salvar su pellejo", por así decirlo, a cualquier precio y aceptando cualquier compromiso. El padre Tyn observa acertadamente que esto es indigno de la persona humana, la cual indudablemente tiene una vida física que defender, pero también y sobre todo tiene el deber de afirmar en sí mismo y en los demás la vida espiritual, que vale infinitamente más, como dice el Evangelio: "¿De qué le vale al hombre conquistar el mundo entero si luego pierde su alma?". Este principio, como observa el padre Tyn, justifica el sacrificio de la propia vida por el bien de los demás, como él ha demostrado heroicamente con el ofrecimiento de su propia vida por la libertad de la Iglesia y de la Patria, y por otra parte justifica en casos extremos la misma pena de muerte, la cual supone que la vida física del delincuente individual vale menos que el bien común de la sociedad, también temporal, en cuanto que este bien común implica, aunque entre muchos defectos, el ejercicio de muchas virtudes que en su conjunto constituyen un valor de altísimo nivel. Es cierto que la espiritualidad moderna, inspirada en el Evangelio, ha comprendido mejor que en el pasado la trascendencia de la persona individual y de su bien que es Dios mismo en relación con el bien común temporal, pero de todos modos sigue siendo siempre cierto que la vida física del individuo debe servir a este bien y no tiene ya motivo de existir si ella le crea obstáculo. Por otra parte, la pena de muerte no constituye ningún obstáculo para el delincuente en orden a su salvación y, de hecho, se podría decir que tal pena de algún modo lo preserva de continuar con su vida perversa. Una última e importante consideración que también ha sido hecha por el Siervo de Dios: retomando el mandamiento bíblico "no matar", mandamiento que, como he dicho, sobreentiende o implica "no matar al inocente", el padre Tyn notaba con vigor no privado de justa indignación la hipocresía de ciertos partidos políticos de nuestros días, los cuales caen en la espantosa contradicción de permitir con el aborto la matanza de inocentes, mientras que por otra parte predican la impunidad de los malhechores permitiendo a los prepotentes oprimir a los débiles y a los pobres, precisamente estos partidos que se hacen pasar por defensores de la justicia social. Por consiguiente, en mi opinión, la conclusión puede ser la siguiente. No se puede negar que el padre Tyn fuera fiel a las enseñanzas del Magisterio de su tiempo, y esto caracteriza la conducta de todos los santos. Por ejemplo, un san Pedro Mártir, inquisidor dominico del siglo XIII, indudablemente estaba insertado en un sistema jurídico que preveía la pena de muerte para los herejes, pero entonces, como saben todos los historiadores no sesgados o prevenidos por prejuicios anticlericales, toda la sociedad cristiana estaba en buena fe convencida de que aquella disposición era cosa correcta y útil. Esto y me gustaría decir precisamente esto, es decir, esta obediencia de Pedro Mártir a las disposiciones jurídicas de su tiempo, constituye precisamente un aspecto esencial de su santidad. Indudablemente, desde los tiempos del padre Tyn hasta hoy, las posiciones de la Iglesia atestiguadas por el propio cambio aportado al Catecismo, se han acercado a un mayor rechazo de la pena de muerte sin llegar, sin embargo, a un rechazo total. Si puedo expresar una opinión personal, considero que este uso de la severidad en la vida presente, donde todavía sufrimos las consecuencias del pecado original, tiene una función saludable, con tal que siempre esté sostenido por la caridad y acompañado por la misericordia. El espectáculo blasfemo. Carta a Romeo Castellucci 2 Estimado Castellucci, Quien le escribe es un romagnolo como Ud. Soy de Ravenna. Conozco bien, por lo tanto, la "sangre romagnola", capaz de excesos pero también de audacia, que combina la arrogante impiedad con la pasión por la justicia, habituados como estamos desde hace siglo y medio a convivir con anarquistas, masones, anticlericales, subversivos, garibaldinos y revolucionarios. Habituado, por lo tanto, desde muy pequeño a dialogar en este clima, espero que esta vez con Ud. también me vaya bien, aunque pertenezcamos a márgenes opuestos: yo, sacerdote, Ud. "libre pensador". Entro, por lo tanto, en tema. Ud. expresa una rebelión, una repugnancia por no decir un odio y un rencor contra Jesucristo, contra el "rostro del Hijo de Dios", según la exacta expresión que Ud. utiliza como título de su espectáculo, expresión en sí misma conforme al lenguaje de la fe de nosotros, los católicos. En efecto, Ud. habla de un "concepto del rostro del Hijo de Dios", expresión aún más precisa, diría teológica, que muestra cómo la fe cristiana se expresa en conceptos: no se trata sólo de ver físicamente el rostro del Hijo de Dios, como en una representación pictórica (por ejemplo la de Antonello da Messina), sino de "concebir" con el intelecto la esencia de este rostro, preguntándonos: ¿cómo debe ser concebido ese rostro? ¿Qué actitud tomar frente a él? ¿Cómo este rostro se relaciona y está presente en la vida de los hombres? Es la obra de la teología. Ud. ha querido desarrollar este tema en una obra teatral. En principio, la empresa no es fácil y puede ser útil, con el encanto y el poder de fascinación del arte, aunado con la teología, para hacer luz sobre la esencia y la majestad del rostro de Cristo, preguntándonos cómo debemos concebir ese rostro. En este punto, sin embargo, surge una cuestión muy seria. Ud. no puede negar que en su representación, el rostro de Cristo viene insultado, ensuciado y deshonrado. Y no puede negar el significado de un gesto de ese tipo: incluso un niño entiende que expresa odio, burla y desprecio, como sucedió en el curso de la Pasión de Cristo y como ha sucedido una infinidad de veces en la historia del cristianismo por parte de los enemigos de Cristo. O tal vez incluso por parte de algún amigo en un momento de rabia o de desesperación, solicitado por impulso a la desobediencia y a la rebelión, solo para ser inmediatamente reprochado por parte de la conciencia. ¿Cómo negar, según las palabras del cardenal Martini, que también nosotros los católicos podamos escuchar en nuestro corazón la voz de un no-creyente, que nos dice en referencia a Cristo: no quiero servirte, tú no eres mi pastor, quiero hacer mi voluntad y no la tuya. ¿Acaso es que a veces nosotros no sentimos a Cristo, como nos sugiere Satanás, no como un benefactor o un salvador, sino, por el contrario, como un enemigo y un opresor? ¿Acaso no querríamos quizás matarlo, apartarlo de nuestra vista, hacerlo desaparecer, como tan bien ha descripto Nietzsche? ¿No ver ese rostro? Pero, por otra parte, ¿acaso no es la misma Biblia, no es acaso el Evangelio mismo, que describen con relatos y constataciones aquella que es nuestra rebelión como pecadores contra Cristo, contra la Palabra de Dios? ¿Y acaso no ha sido san Juan quien dijo: "vino a los suyos y los suyos no le recibieron"? ¿Y acaso no lo dicen los endemoniados: "¿Qué hay entre tú y yo, Hijo de Dios"? Cuántas veces nosotros los sacerdotes en el confesionario escuchamos de personas que declaran haber sentido rencor y rebelión contra Cristo, o estar exasperados por su comportamiento que ha permitido la continuación de una desgracia tras otra, que les prohíbe hacer ciertas cosas que ellos quisieran hacer, que tienen la convicción de no ser amados sino odiados por Cristo. Pero Ud., estimado Castellucci, ¿qué es lo que ha querido exactamente hacer con su representación? No está en absoluto claro. ¿Ha querido expresar Ud. también ese odio o, como 2 Fr Giovanni Cavalcoli, Bologna, 9 de enero de 2012, publicada en blog Riscossa Cristiana (Ricognizioni). https://www.ricognizioni.it/lo-spettacolo-blasfemo-padre-cavalcoli-scrive-a-romeo-castellucci/ parece querer decir en su declaración explicativa, ha pretendido mostrar la sublimidad y majestad del rostro de Cristo, que destaca y domina la escena no obstante y más allá de las ofensas que sufre y que mira con ojo divino el "martirio del hombre"? ¿Qué ha querido hacer: agarrársela con el rostro de Cristo, acaso también Ud. exasperado por alguna desilusión o turbado por alguna crisis de conciencia o denunciar los pecados que los hombres cometen contra Cristo, cuyo rostro de todos modos se destaca y permanece en el destino de los hombres? Si Ud. ha pecado, arrepiéntase sinceramente y ya no encontrará un rostro odioso, sino amable y adorable. Ya no sentirá el deseo de difamarlo, sino de contemplarlo como amigo y hermano, "el más bello entre los hijos de los hombres", según la espléndida, milenaria e incomparable tradición iconográfica, sobre todo de nuestra Italia. Tendrá piedad del rostro desfigurado por sus asesinos y viendo en él las consecuencias de los pecados de todos nosotros, que Él ha tomado sobre Sí mismo para redimirnos, pedirá perdón y obtendrá misericordia. Así encontrará verdaderamente la paz. Le digo francamente mi parecer: me parece a mí y no solo a mí, sino también a muchas otras personas, no solo católicos, sino también no-creyentes o simples amantes de la libertad religiosa o de la convivencia civil o de las buenas costumbres o del respeto por los niños, que Ud. en realidad quiere expresar un fuerte rencor contra Cristo, por motivos que no conozco, pero que puedo comprender o imaginar, dada mi larga experiencia en la guía de las almas. Mi opinión es, por lo tanto, que Ud. ha enmascarado ese estado de ánimo bajo la fachada de una no convincente denuncia del odio contra Cristo, como para encubrir su interna inquietud burlándose de todos los católicos. ¿Un resentimiento o rencor contra nosotros también? No creo que una cosa de tal género le sea a Ud. absolutamente conveniente. Ciertamente no le da la paz, esa paz que Ud. ciertamente busca. De hecho, ¿qué construye Ud. de esta manera? ¿En nombre de qué valores? ¿En nombre de la "libertad del arte"? ¿Pero realmente vale la pena? ¿Es verdadero arte el que expresa impiedad, odio y rencor? ¿No sería acaso arte demoníaco? Ud. dice haber sufrido violencia. Pero pregúntese si no ha sido Ud. quien la hizo primero. ¿Y cómo dice Cristo? "Quien hiere a espada, a espada muere". No justifico a quien le haya hecho violencia, solo debía Ud. haberla esperado. ¿Pero acaso cree que así Ud. se vuelve un mártir? ¿Mártir de Cristo o de quién? ¿Mártir de sí mismo? Entonces, ¿Ud. vale más que Cristo? Los cristianos, siguiendo el modelo del mismo Cristo que se dejó crucificar, no son como los musulmanes, vengadores implacables de quienes insultan a Mahoma, sino que recuerdan que ofender a Dios no deja de tener consecuencias, ya en esta vida y sobre todo en la otra. Por otra parte, ofender a Dios no solo es ofender a una religión, sino que es ofender a la libertad religiosa, al derecho de los demás y a las mismas buenas costumbres jurídicamente protegidas por las leyes del Estado. Es cierto, ahora el daño está hecho, "la frittata è fatta", pero Ud. podrá siempre pensarlo mejor y Cristo está siempre pronto para recibirlo. Ud. hace bien en perdonar a sus enemigos, pero recuerde que, a nte todo, es Ud. quien necesita ser perdonado. No los juzgue como "ignorantes": en todo caso, es Ud. quien no se ha explicado y quizás no ha querido explicarse. El espectáculo blasfemo de Castellucci Carta al Santo Padre Benedicto XVI 3 Beatísimo Padre, somos un grupo de fieles que deseamos expresar a Vuestra Santidad solidaridad y renovada fidelidad como respuesta al indigno y blasfemo espectáculo teatral "El concepto del rostro del Hijo de Dios" de Romeo Castellucci, programado en Milán para fines de este mes. De hecho, como VS ya habrá sabido, se trata de una obra, ya representada en Francia, gravemente ofensiva para la Persona de Nuestro Divino Salvador Jesucristo, con evidentes repercusiones en detrimento de la libertad religiosa, del orden social, de los menores, de la dignidad del arte y de las buenas costumbres, valores sancionados y promovidos por la Constitución de la República Italiana, un gesto que, por tanto, parece configurar los extremos de un delito pasible de sanción penal según norma de las leyes del Estado. También nos entristece en modo particular la conciencia de que este incalificable acto de impiedad afecta también, aunque sea indirectamente, a la venerable y amada Persona de Su Santidad, Primado de Italia, Representante de todo el mundo católico, Sucesor de Pedro, Obispo de Roma, Vicario de Cristo, y como se expresaba la Santa Sienense, "dulce Cristo en la tierra". También nos parece evidente, venerado Padre, a propósito de tan lamentable suceso, que no se trata de un fenómeno casual, aislado y sin raíces, sino más bien de una creciente hostilidad hacia el Cristianismo que se está difundiendo en el mundo, así como síntoma y efecto de una desazón y de una crisis espiritual profundas y difundidas ya desde hace décadas también en Italia, en parte también debido a la falta o malentendida aplicación del Concilio Vaticano II. Vuestra Santidad con celo infatigable y gran sabiduría, apoyado por muchos buenos Pastores y Teólogos, se prodiga cada día en la enseñanza de la verdad, pero lamentablemente no son pocas las fuerzas que "reman en contra" y desatendiendo, a veces también gravemente, las expectativas de Vuestra Santidad. Este contraste entre Vuestra enseñanza y las fuerzas contrarias a Cristo, manifiestas y ocultas, es notado por el Pueblo de Dios que ama la verdad y la coherencia del vivir cristiano, y es causa de desconcierto, de confusión y de angustiantes preguntas. "Quien siembra viento -dice el sabio proverbio popular- cosecha tempestad": y de hecho esto es precisamente lo que sucede a causa de estos sembradores de falsedad, obstinadamente sordos a las enseñanzas del Papa y de hecho en contraste con ellas, libres para difundir sus errores sin que vengan a ser contrastados. Episodios como el de Castellucci se vuelven posibles no solo por los ataques de la denominada "cristianofobia", sino también por graves vacíos y carencias doctrinales y educativas no debidamente eliminadas por parte de quienes deberían hacerlo. Pensemos de manera particular en el escándalo sufrido por los niños, frente al cual el Señor tiene palabras de extrema severidad. El caso Castellucci es una nueva campanada de alarma, si fuera necesaria, que invita a todos, incluidos todos los hombres de buena voluntad, a reunirse en torno al Sucesor de Pedro y al entero Colegio Episcopal unido al Papa, a quien Cristo ha confiado la guía de su rebaño. Nosotros, gracias a la guía iluminada de Vuestra Santidad y de los buenos Obispos, sabemos reconocer a los lobos disfrazados de corderos. Sin embargo, estamos preocupados por quienes, como Castellucci, intentan aprovechar una situación en la que se hace desear una mayor vigilancia por parte de las autoridades civiles y eclesiásticas. También tememos por el escándalo de los pusilli no suficientemente protegidos y puestos en guardia. Por nuestra parte, por lo tanto, nos confirmamos sin vacilación alguna, ciertos así de seguir a Cristo, en la fidelidad a Vuestra Santidad, recordándoLa en nuestras oraciones a María Madre de la Iglesia y Sede de la Sabiduría, mientras invocamos sobre nosotros y sobre nuestros seres queridos el precioso beneficio de la Bendición Apostólica. 3 Fr Giovanni Cavalcoli OP, Bologna 11 de enero de 2012, artículo publicado en blog Riscossa Cristiana (Ricognizioni). https://www.ricognizioni.it/cs/ El fallido pesebre en Rieti Un episodio que va más allá de la actualidad 4 Premisa Agradezco a Riscossa Cristiana por la publicación de mi siguiente artículo, que había sido propuesto para Il Messaggero di Rieti. Los hechos a los que me refiero son ahora bien conocidos, habiendo hablado de ellos la prensa. Se trata del hecho de que el Obispo de Rieti, con motivo de la reciente Navidad, prohibió la construcción del pesebre en la catedral. ¿Por qué volver a proponer ahora un escrito relacionado con un hecho que, en cierto modo, ya no es de actualidad? Porque, en realidad, un episodio de este tipo va mucho más allá de su factualidad contingente y suscita serios interrogantes acerca de la situación eclesial no solo en Rieti, sino en un ámbito mucho más amplio. Por ejemplo, tras la noticia del impío espectáculo de Castellucci, es espontáneo realizar una dolorosa conjunción: por una parte se insulta el Rostro de Nuestro Señor y por otra parte, por orden de un Obispo, se prohíbe en la catedral la expresión de una venerable y secular tradición popular que rinde homenaje al nacimiento de Nuestro Señor. El fallido pesebre en Rieti La falta del pesebre en la Catedral, precisamente en la Diócesis donde en Greccio san Francisco instituyó el belén, es ciertamente un hecho sorprendente y perturbador, considerando también las motivaciones no convincentes, más bien pretextos, proporcionadas por el periódico diocesano. La impresión que se tiene, como observa Socci, es la de un influjo protestante, quizás fruto de un mal entendido ecumenismo al estilo Kasper, que increíblemente se está difundiendo entre los Obispos. La resonancia desfavorable en la prensa y en los medios de comunicación ciertamente no beneficiará a su Diócesis, y puede ser que empuje al Obispo a reflexionar y darse cuenta de que ha cometido un error. El artículo de Socci está bien hecho. Este incidente servirá, también teniendo en cuenta las palabras del Papa, para una renovada conciencia de la preciosidad de la tradición del pesebre, aunque ella no sea una práctica obligatoria ni siquiera para nosotros los católicos; es cierto que existen algunas prácticas más importantes; pero lo más importante no suprime la importancia de lo menos importante. Este malentendido "ir a lo esencial" al despojar lo concreto del vivir cristiano es propio del rigorismo abstracto e inhumano del protestantismo, que, en el aspecto práctico, está bien lejos de renunciar a disfrutar de los placeres de este mundo, porque Dios es bueno y perdona. También el corazón y el cerebro son esenciales para el cuerpo humano, pero esto no significa que el hígado, los riñones, las uñas y el cabello no sean necesarios para vivir. Como por otra parte sabemos, en el protestantismo, sobre todo el liberal, como el de Bultmann (fuente de Rahner), los relatos evangélicos de la infancia de Jesús son considerados fábulas y no fiables. Esta tendencia, por lo demás, está en perfecta línea con el favor que tiene el pensamiento de Rahner entre los Obispos, que al fin de cuentas no es más que una forma -y por lo demás extremista- del protestantismo liberal barnizado de catolicismo. Lo que sorprende es que sean precisamente los Obispos quienes cavan la tumba bajo sus pies. Me imagino cuánto se reirá Lutero desde la ultratumba al ver este penoso espectáculo y tomándose venganza de su odio contra el Magisterio de la Iglesia, el cual, reconociendo sus errores, lo excomulgó en su debido momento. 4 Fr Giovanni Cavalcoli OP, Bologna, 12 de enero de 2012, publicado en Riscossa Cristiana (Ricognizioni): https://www.ricognizioni.it/il-mancato-presepio-a-rieti-un-episodio-che-va-oltre-lattualita-di-p-giovanni- cavalcoli-op/ Otro signo desconcertante de esta tendencia filoprotestante es que el Papa ha sido dejado solo. Pero este es un fenómeno que ha durado desde hace décadas, sobre todo desde los tiempos de la tragedia de la "Humanae Vitae" de 1968, que vio la rebelión contra el Papa de episcopados enteros. Sin embargo, será el mismo Episcopado el que se recuperará de lo que como mínimo se podría llamar letargo, y se corregirá retornando a la fidelidad al Papa, porque los Obispos unidos al Papa siguen siendo siempre los maestros de la fe. Y también hoy, naturalmente, no faltan buenos Obispos. Si debiéramos ser escépticos acerca de la autoridad de los Obispos en sí misma, dudando quizás incluso del Papa como lo hacen a veces presuntuosamente los lefebvrianos, podríamos declararnos catolicísimos, pero en la práctica caeríamos en la red de Lutero y de los rahnerianos, quienes precisamente suprimen el fundamento de derecho divino de la Jerarquía eclesiástica. El espectáculo blasfemo. Carta a Castellucci, en respuesta al articulo del Corriere di Bologna 5 Estimado Castellucci, he leído su nueva declaración publicada por el blog del Corriere di Bologna, Rubrica Controscene de Massimo Marino, en fecha de hoy. Ilustra con nuevos argumentos cuanto ya había leído en una precedente declaración suya, a la cual he respondido en mi carta anterior. No me parece que esta última declaración -y es comprensible- modifique sustancialmente el sentido de su representación teatral, sentido que Ud. ya había expuesto. Por lo tanto, no voy a repetir mi comentario, que por lo demás es de dominio público y que ha sido publicado en el sitio web de Riscossa Cristiana. En cambio, retomo los nuevos elementos aportados, que dan ulteriores elucidaciones sobre sus intenciones y sobre el trasfondo humano y teorético, filosófico y teológico de su trabajo teatral. En primer lugar, me ha llamado la atención esta declaración: "Este espectáculo nació de la memoria de mi padre, a quien he perdido a los dieciséis años, y que nunca he podido pulir, acudir, mientras habría querido poderlo hacer". Es bello este motivo humano, pero en absoluto diría que el espectáculo rinde verdadero honor a su padre y que ni siquiera puede considerarse una especie de reparación, si tal quiere ser, por ese comprensible sentimiento de hijo que Ud. permite dejar transparentar en sus palabras. ¿Y esto por qué? Porque toda la representación está inexorablemente orientada al trágico e impío final de la blasfemia contra el Rostro de Cristo, bien expresado por el lanzamiento de objetos y sobre todo por las palabras "Tú no eres mi pastor". En efecto, un "pastor" que se llama "divino" pero que en la práctica asiste impasible en su intrusiva majestad, a la inutilidad exasperante de los esfuerzos humanos para resolver los problemas del hombre, un Dios que debería ser bueno, misericordioso y omnipotente, al menos tal como es presentado en la Biblia, ¿para qué nos podría servir? ¿Acaso él no suscita odio antes que amor? Y entonces, ¿por qué no blasfemarlo, por qué no arrojarle cualquier cosa que tengamos a mano? Entonces su pieza tiene un hilo lógico, tiene una coherencia. Queda por ver si son correctos y justos los principios teológicos de los cuales Ud. parte. Y son precisamente estos principios los que pretendo cuestionar aquí. Aquí entonces el discurso se profundiza. Pero Ud. mismo me ofrece la ocasión y la posibilidad. Una frase a tal respecto me ha llamado la atención: "Este espectáculo nace como un chorro lanzado directo desde y de las Sagradas Escrituras", y explica, citando a Job, el grito de Jesús en la cruz, la revelación hecha por Dios a Moisés (Ex 3,14) del Nombre Divino: "Yo Soy El Que Soy". En cuanto a Job, es cierto que, como todos saben, él está sometido a una serie de desgracias, pero, tras un momento de rebelión a Dios, él, llamado por Dios mismo, reflexiona, y se serena comprendiendo que también cuando nos llegan los sufrimientos, no debemos dejar de confiar en la bondad, en la sabiduría, en la misericordia y en la omnipotencia divinas. Esta paciencia y esta fortaleza de ánimo aseguran entonces a Job la recuperación, multiplicada, de los bienes que poseía anteriormente. En cambio, la conclusión blasfema de su pieza teatral, con la rebelión a Dios, no resuelve nada y no promete nada más que la separación de Dios que, como Ud. sabe, procura una eterna condenación. El Rostro Divino, aunque ensuciado, continúa destacando. ¿Pero qué será del hombre? ¿Es por lo tanto así como Ud. ha querido rendir honor a su padre? En cuanto al famoso grito de Jesús en la cruz, no es un grito de desesperación ni mucho menos, como creen algunos, una expresión de rebelión y de odio hacia Dios Padre, sino que simplemente Jesús, como conoce la exégesis desde siempre, comienza a recitar un Salmo, que 5 Fr Giovanni Cavalcoli OP, 17 de enero de 2012, publicado en el blog Riscossa Cristiana (Ricognizioni). https://www.ricognizioni.it/lo-spettacolo-blasfemo-lettera-di-padre-cavalcoli-a-castellucci-in-risposta- allarticolo-sul-corriere-di-bologna/ ciertamente comienza con un grito de angustia, pero que termina con la alabanza, la esperanza y la paz. Por otra parte, Cristo en la cruz también pronuncia otra frase: "En tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu". Cristo es Dios como el Padre es Dios: no tiene sentido hipotetizar una contradicción en el interior mismo de la divinidad, como han pensado ciertos falsos místicos. Por lo demás, como se desprende del Evangelio, el Hijo es la perfecta Imagen del Padre, por lo cual, una vez más, es impensable el contraste entre las dos divinas Personas. Este es al menos el verdadero sentido de la Biblia. En cuanto al Nombre divino, como explica santo Tomás de Aquino, representa el mismo Ser Subsistente, expresado también por las palabras de Cristo cuando dice de Sí Mismo: "Yo Soy", es decir: Yo no soy esta o aquella cosa finita, sino que Yo soy absolutamente e infinitamente. Se trata de la infinita perfección divina, se trata del "océano del ser", como decía san Juan Damasceno. El ser y el no ser son conjugados sólo en la creatura, donde existe la finitud y existe el mal de pena y el mal de culpa. Dios en cambio, según la Biblia y la sana filosofía, es ser purísimo y bondad infinita. Si permite el mal, es para obtener, c