2 DERECHOS DE AUTOR © 2026 DUARTE. Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, sin la autorización previa y por escrito del autor, salvo los usos permitidos por la legislación aplicable. Esta obra es una creación literaria. Las emociones y situaciones que aparecen en ella se presentan desde una perspectiva narrativa y no sustituyen la orientación ni la atención de profesionales de la salud. 3 ÍNDICE INTRODUCCIÓN — Para quien está leyendo esto CAPÍTULO 1 — LA PRIMERA GRIETA CAPÍTULO 2 — LOS DÍAS QUIETOS CAPÍTULO 3 — EL VISITANTE SILENCIOSO CAPÍTULO 4 — LA NOCHE NO TRAE CALMA CAPÍTULO 5 — SIN FUERZAS PARA LEVANTARME CAPÍTULO 6 — LO QUE SE INSTALÓ SIN PERMISO CAPÍTULO 7 — LO QUE LLEGÓ CUANDO LA PUERTA QUEDÓ ENTREABIERTA CAPÍTULO 8 — LA LUZ MÁS PEQUEÑA 4 INTRODUCCIÓN — Para quien está leyendo esto — Este libro no nació para ser bonito. No nació para motivar, ni para dar lecciones, ni para decirte que «todo va a estar bien» cuando quizás no lo está. Nació de un cuarto. De uno pequeño y silencioso, donde las paredes escuchan más que las personas. Nació de noches largas, de días iguales, de pensamientos que no saben dónde acomodarse. Nació de alguien que no sabía cómo seguir... pero tampoco sabía cómo rendirse. Quizás te pase lo mismo. Quizás estás leyendo esto porque alguna parte de vos se siente igual: apagada, confundida, cansada de intentar explicar lo que nadie entiende. O quizás no. Quizás solo quieras conocer una historia que nunca se cuenta en voz alta. En cualquier caso, quiero decirte algo antes de que empieces: Esta no es la historia de un héroe. No es la historia de alguien valiente, fuerte o ejemplar. Es la historia de un joven que se perdió en su propio cuarto. De alguien que dejó de reconocerse y vio cómo sus emociones se convertían en presencias, sombras, compañeros inesperados. 5 Y aun así... algo dentro de él siguió encendido. Pequeño, tenue, casi invisible. Pero vivo. Si elegís acompañarlo, vas a conocer sus grietas, sus noches, sus silencios, sus derrotas y sus pequeñas chispas. Capaz te veas reflejado. Capaz veas a alguien que conocés. Capaz solo quieras entender. Sea como sea, gracias por abrir este libro. No promete respuestas. Pero sí promete algo real. Porque a veces, las historias más importantes no son las que cuentan victorias, sino las que muestran lo que pasa antes de levantarse. Bienvenido. Ojalá encuentres acá algo que te haga sentir menos solo. 6 CAPÍTULO 1 — LA PRIMERA GRIETA Siempre pensé que crecer significaba entenderlo todo. Como si un día te despertaras con una especie de manual invisible que te dijera quién sos, qué querés y por qué carajo vale la pena levantarse cada mañana. Pero la verdad no fue así. La verdad fue distinta, confusa, lenta y dolorosa. A veces siento que mi vida se fue apagando sin que nadie lo notara, ni siquiera yo. Como una luz que empieza brillando con fuerza y después parpadea, parpadea... hasta quedar en sombras. No hubo un solo motivo. No fue un gran golpe ni un día exacto en el que todo cambió. Fue, más bien, una colección de pequeñas cosas que se fueron acumulando hasta volverse pesadas. Perdí a alguien importante y, aunque nunca lo digo en voz alta, sé que ahí empezó el silencio. Hay dolores que no gritan: se quedan quietos, escondidos, pero igual te rompen por dentro. Mi familia... bueno, no voy a mentir: no me entienden. Pero tampoco es que me duela demasiado. Aprendí a no esperar que entiendan lo que no viven. Igual, a veces resulta molesto saber que hablás y nadie escucha de verdad. Lo que sí me pegó fue otra cosa: Ese sueño que tuve toda la vida, ese que idealicé como si fuera mi salida del mundo, resultó ser más difícil de alcanzar que respirar bajo el agua. Me costó entender que no todos empiezan desde el mismo lugar: algunos nacen con oportunidades; otros tenemos que inventarlas desde cero... o desde menos diez. Mis amigos cambiaron. Algunos se fueron sin despedirse y otros cambiaron de piel, de prioridades o de camino. De repente, el que 7 siempre estaba rodeado quedó solo. Y ahí entendí que la vida no pregunta si estás listo para quedarte sin nadie. No sé si alguna vez fui fuerte. Las personas dicen que sí, pero para mí no fue fuerza: fue aguantar golpes. Resistir porque no había otra opción. Lo más raro es que, por más que todo pese, nadie pregunta cómo estás. Como si sentir fuera un lujo o como si hablar de lo que pasa en la cabeza fuera una vergüenza. Todavía es un tabú decir: «No estoy bien». Y acá estoy. Encerrado en mi cuarto. Literalmente, mi mundo reducido a cuatro paredes que ya me conocen mejor que cualquier persona. A veces siento que soy un número más entre miles, alguien cuya ausencia quizá no cambiaría nada. Otras veces todavía tengo esperanza: sueño con salir adelante, mejorar y encontrar un propósito. Todavía creo —muy en el fondo— que algo puede cambiar. Pero hoy no. Hoy soy solo un chico sentado en el borde de su cama, mirando el techo y preguntándose en qué momento dejó de sentirse valioso. Quizás este sea el inicio. Quizás esta historia empieza acá: cuando todo parece perdido... y, sin embargo, algo dentro de mí se niega a apagarse del todo. 8 CAPÍTULO 2 — LOS DÍAS QUIETOS A veces me pregunto cuánto tiempo llevo así. No tengo una respuesta exacta. Los días se parecen demasiado entre sí, como si fueran fotocopias de la misma rutina cansada. Me despierto y, por unos segundos, no siento nada. Después vuelve todo de golpe, como una ola helada que no avisa. Mi cuarto es pequeño. Una cama que cruje, un escritorio que ya vivió mejores épocas y una ventana que da a la calle, pero que casi nunca abro. No porque no me guste el aire fresco, sino porque me da la sensación de que afuera todo avanza y yo no. Hay un espejo pegado en la puerta de mi armario. Antes lo usaba mucho; ahora, casi nunca. No es que me dé miedo verme... pero tampoco sé bien qué busco cuando lo hago. A veces no reconozco a la persona que me devuelve la mirada. Tiene ojeras, la espalda un poco encorvada y esa mezcla de cansancio y silencio en los ojos. No parece ni triste ni feliz. Solo... apagado. No soy bueno describiéndome, pero, si tuviera que hacerlo, diría esto: soy alguien que alguna vez fue distinto. Antes hablaba más, reía más, soñaba más. Alguien que tenía planes claros, metas que parecían posibles. Pero, en algún punto del camino, ese «alguien» se quedó atrás, como si hubiera tomado otro rumbo sin avisarme. Y yo sigo buscándolo. Afuera, la gente me ve normal: un joven más, del montón, nada especial. Pero por dentro siento como si cargara una mochila llena de cosas que nadie ve: preguntas, miedos y recuerdos que no sé dónde guardar. 9 No me gusta llamar a esto tristeza. La tristeza es cuando llorás. Esto es otra cosa: un vacío que no hace ruido, pero pesa; una calma rara que no tranquiliza; un silencio que no descansa. En el escritorio tengo cuadernos llenos de frases sueltas. Ideas que escribo para no olvidarme de lo que siento. A veces creo que, sin esos apuntes, mis pensamientos se desordenarían hasta quedarse sin forma. Escribo para entenderme o, al menos, para intentarlo. Hoy estuve más tiempo de lo habitual frente a esa hoja. Escribí algo que me quedó dando vueltas: «No sé quién soy ahora, pero sé quién fui. Y lo que más me asusta no es haber cambiado... sino no saber si voy a volver». Capaz ese es mi mayor miedo: no reconocerme nunca más. Todavía no sé si esta historia va a mejorar o empeorar. Pero, mientras escribo, siento algo que no sentía hace tiempo: una especie de chispa tenue, como un recordatorio de que sigo acá... aunque a veces me pierda. Quizás algún día tenga el valor de decir mi nombre en voz alta. Hoy todavía no. Hoy sigo siendo «yo». Y eso, por ahora, alcanza. 10 CAPÍTULO 3 — EL VISITANTE SILENCIOSO Hay días en los que no estoy solo, aunque no haya nadie en mi cuarto. O mejor dicho: hay alguien, pero no es una persona. Es una presencia que no toca la puerta ni hace ruido al entrar. Simplemente aparece, como si siempre hubiera estado ahí. Lo llamo Incertidumbre. No tiene forma definida. A veces es una sombra que se estira en la esquina de la habitación; otras, un peso invisible apoyado en mi pecho. No habla... pero está. Y cuando está, ocupa más espacio que yo. Hoy se acomodó en el borde de mi cama —si es que se puede llamar así—. No hace nada, pero su presencia me desordena. Me arrebata. Me aplasta un poco. Miro el techo, solo para bloquear todo lo que siento. La luz que atraviesa la persiana baja y la cortina cae apenas, tímida, como si tampoco se animara a entrar del todo. Esa penumbra me acompaña más de lo que la gente piensa. Me acerco a la ventana y la abro apenas... solo para que escape un poco de aire atrapado. No sé si funciona. La verdad, no sé si algo funciona últimamente. Incertidumbre se mueve conmigo, como una sombra que no necesita luz. A veces creo que fue una de las primeras en llegar. Tal vez el día que perdí a esa persona importante. O el día en que entendí que mis sueños 11 no eran tan simples ni tan justos. O cuando vi que otros avanzaban con oportunidades que yo no tenía. No lo sé. Solo sé que, desde entonces, cada decisión es un laberinto. Me tiro en la cama y agarro el celular. Antes escribía en cuadernos, pero ya casi no los toco; ahora el bloc de notas del teléfono es mi refugio. Un espacio pequeño donde mis pensamientos pueden respirar sin ocupar tanto lugar afuera. Escribo una frase y la borro. Escribo otra y la borro también. Siento a Incertidumbre parada detrás de mí, leyendo conmigo, cuestionándome, hundiéndome conmigo. —¿Para qué intentás? —parece decir sin voz—. —Si igual nadie va a entenderte. Cierro los ojos con fuerza. No sé si quiero pelear, escapar o simplemente dormir hasta que todo pase. Pero, entre ese ruido silencioso, aparece un pensamiento pequeño, casi insignificante, pero vivo: «Estoy cansado de que esto me controle». No es fuerza, tampoco es valentía. Es apenas un hilo, una mínima resistencia. Pero es mía. Incertidumbre retrocede unos pasos; lo siento. No se va, pero deja de respirar sobre mi nuca. Escribo una frase en el bloc de notas. No sé si mañana me va a gustar, pero hoy me sostiene: «No sé cómo seguir, pero sé que quiero seguir». 12 Cuando termino, Incertidumbre ya no está tan cerca. Sigue ahí, claro, pero, por primera vez en mucho tiempo, no domina toda la habitación. 13 CAPÍTULO 4 — LA NOCHE NO TRAE CALMA La noche trae algo raro. No es tranquilidad, no es paz... es otra cosa. Es un silencio que pesa, una oscuridad que parece más profunda de lo que debería. Es el momento en el que la Inseguridad se acomoda en el borde de la cama, como si fuera dueña del lugar. Incertidumbre solía quedarse hasta tarde; era casi fija. Pero hoy se retiró antes, como si supiera que otros venían a ocupar su lugar. Y tenía razón. El Miedo llegó primero. No tocó la puerta, no pidió permiso: simplemente apareció, con esa presencia fría que no necesita presentación. La Inseguridad vino detrás, más silenciosa, pero más pegajosa, como esas sombras que no necesitás ver para saber que están. Él —el protagonista— no escribió ninguna frase esta vez. La noche no le dio espacio. Ni frases, ni pensamientos claros, ni confesiones disfrazadas de poesía. Se quedó quieto, con los ojos abiertos, sintiendo que su propia cabeza era un cuarto sin ventanas. Los pensamientos iban y venían sin orden, como si el insomnio fuera un anfitrión caótico que invitara a cualquiera a pasar. Y mientras tanto, el mundo afuera dormía. Pero él no. Él rara vez lo hacía a esa hora. 14 Ya sabía cómo terminaba: pasaría casi toda la madrugada despierto y casi toda la mañana dormido. Era la forma en que había aprendido a sobrellevar lo que la noche traía. Porque, si algo había aprendido, era esto: la noche no trae calma. Trae sinceridad. Y esa, a veces, es más brava que cualquier miedo. 15 CAPÍTULO 5 — SIN FUERZAS PARA LEVANTARME Agotamiento no entró ese día. Había llegado mucho antes, en esas noches en que la mente no se callaba y el cuerpo no podía descansar. Se instaló silenciosamente después de tantas luchas internas, cuando la falta de sueño empezó a volverse parte de la rutina y los días se mezclaban sin energía. Nadie lo invitó, pero encontró un hueco entre el insomnio y la Incertidumbre... y se quedó. Hoy, igual que siempre, aparece sin hacer ruido. Nunca golpea la puerta. Simplemente está. Sentado en el borde de la cama, mirando al suelo, como si supiera que conmigo no hace falta anunciarse. Despierto tarde otra vez. No sé cuántas horas dormí, pero siento como si no hubiera dormido nada. Los rayos suaves que se filtran entre la persiana baja y la cortina molestan, aunque casi no iluminan. Me levanto igual, con un movimiento torpe, arrastrando los pies. Agotamiento se pone de pie y me sigue, lento, como quien acompaña a alguien que está enfermo sin decirlo. Me observa mientras intento hacer algo productivo, lo que sea. Pienso en escribir, en hacer una lista, en poner un poco de orden. Pero él coloca esa mano invisible en mi hombro, esa que no pesa en el cuerpo, pero sí en el alma, y todo se derrumba un poco. —No hoy —susurra sin sonido. Y tiene razón. Hoy no puedo. 16 Me siento frente al escritorio, desbloqueo el teléfono, abro el bloc de notas... y nada. La mente está vacía, pero llena al mismo tiempo. Es una mezcla rara: quiero avanzar, pero no tengo con qué. Mis pensamientos están allí, desordenados, amontonados, como cajas viejas que nadie quiere abrir. Agotamiento se sienta a mi lado. No es como el Miedo ni como la Inseguridad. Él no hiere, no empuja, no presiona. Solo convierte todo en algo más pesado. Vuelve cada acción un trámite eterno, cada decisión un desierto. Él no te rompe... te desgasta. A veces me pregunto cuándo empezó a quedarse tanto tiempo. En qué momento pasó de ser algo pasajero a convertirse en un compañero cotidiano. Mientras pienso, termino acostado otra vez en la cama, sin intención de dormir, pero sin fuerzas para mantenerme despierto. Agotamiento se recuesta al lado, como si también necesitara descansar. Es extraño: su compañía no es buena, pero tampoco es cruel. Es una presencia que no invita a la esperanza, pero tampoco la destruye. Simplemente me obliga a detenerme. Quizás —solo quizás— está intentando decirme algo: que no puedo seguir acumulando noches sin descanso, pensamientos sin salida y emociones sin nombre. Que el desgaste no aparece de la nada. Que mi cuerpo tiene un límite antes de quebrarse. Hoy, por primera vez, no lo peleo. Dejo que esté. Respiro despacio. Me permito no hacer nada. 17 Porque tal vez, para seguir adelante, primero necesito parar. Y aunque Agotamiento no sea un amigo, tampoco es el enemigo que pensé. A veces, es solo el recordatorio silencioso de que estoy llegando demasiado lejos sin fuerzas. 18 CAPÍTULO 6 — LO QUE SE INSTALÓ SIN PERMISO Soledad no llegó como los otros. No apareció de golpe ni se hizo presente en una noche difícil. Entró despacio, como quien no quiere molestar... pero al final se queda a vivir. Creo que empezó a visitarme cuando dejé de contestar mensajes. Cuando mi cuarto se volvió más cómodo que cualquier salida. Cuando los demás siguieron con sus vidas y yo... yo empecé a encontrar excusas para no estar ahí. Al principio pensé que era una etapa. Que simplemente necesitaba espacio, silencio, tiempo para «ordenarme». Pero Soledad sabía la verdad antes que yo. Hoy está sentada en mi silla, girando lentamente hacia mí cada vez que intento mirar hacia otro lado. No habla, nunca lo hace. Pero su mirada... esa mirada vacía que no tiene ojos... me dice todo lo que no quiero escuchar. En el teléfono tengo conversaciones archivadas, mensajes de amigos que un día estaban presentes todos los días y ahora aparecen como «visto hace semanas». Invitaciones que rechacé porque «no tenía ganas». O peor: porque sí tenía ganas... pero también tenía miedo. Y cansancio. Y esa sensación rara de no encajar en ningún lado. Soledad se para al lado de la cama y me observa. No necesita decir nada para recordarme cómo empecé a perder gente. 19 Primero dejé de salir. Después dejé de responder. Después dejé de recibir mensajes. Y, cuando dejó de importarme eso... Soledad tomó asiento definitivo. No es cruel. No lastima. Pero ocupa espacio. Mucho más del que parece. Me acompaña en la mesa cuando intento escribir. Se sienta en el suelo cuando miro el techo. Se recuesta a mi lado cuando estoy acostado boca arriba, sintiendo ese enorme vacío que se escucha más fuerte que cualquier ruido de la calle. Lo peor de Soledad no es estar solo. Es darse cuenta de que, incluso si alguien entrara ahora mismo a mi cuarto, quizá seguiría sintiéndome igual. A veces la escucho... no con los oídos, sino con esa parte de la mente que sabe la verdad antes que vos. Me dice sin palabras que quizás yo mismo fui empujando a todos, cerrando puertas, escondiéndome detrás de excusas que terminaron volviéndose reales. No sé cuándo pasó ni en qué momento dejé de buscar compañía. Tal vez fue el día en que me cansé de explicar cómo me siento. O cuando entendí que algunos amigos solo saben estar en los buenos momentos. O cuando me di cuenta de que yo también cambié... y ya no soy la versión de mí que ellos conocían. Soledad me mira, tranquila, como si supiera que no tengo adónde ir. 20 Y lo más extraño es que, aunque no la quiero acá... me acostumbré a ella. Tanto tiempo encerrado en este cuarto hizo que Soledad se volviera la única constante, la que siempre vuelve y no se va. Pero hay algo más, algo que no digo, algo que ella misma parece ocultar detrás de ese silencio pesado: Cuando Soledad se queda demasiado tiempo... se hace rutina y deja de ser visita: se vuelve hogar. Es ahí cuando otra presencia empieza a acercarse. Más oscura. Más lenta. Más profunda. Y aunque todavía no la veo entrar... sé que está cerca. A veces, cuando la Soledad deja la puerta entreabierta, la Depresión encuentra espacio para acercarse.