1 Opera Digitalia – Volumen IV – 2013 P. Giovanni Cavalcoli OP 2 3 4 OPERA DIGITALIA QUAESTIONES DISPUTATAE EN LA ERA DIGITAL GIOVANNI CAVALCOLI OP VOLUMEN IV - 2013 A principios de octubre de 2022, un lector argentino le manifestaba al padre Giovanni Cavalcoli las dificultades que sufría para adquirir sus libros desde Argentina, por las restricciones económicas y por la descomunal inflación en su país. El docto dominico le respondió entonces: "Comprendo su dificultad para procurarse mis libros; sin embargo, le puede bastar el seguir lo que escribo en mi blog". Sin duda, estas palabras alientan a la lectura de sus notas periodísticas, y confirman que aquellas ideas que Cavalcoli ha desarrollado de manera más extensa y articulada en sus libros, también han sido expuestas en sus artículos periodísticos en diversos blogs y portales, junto a otras novedosas y profundas ideas que él ha ido profundizando con el curso del tiempo. COLECCIÓN DIGITAL GRATUITA 5 6 Indice La apología de la soberbia (04.01.2013) 11 La “interpretación herética” del Concilio Vaticano II (08.01.2013) 16 La cuestión de la obediencia y el poder de los modernistas (21.01.2013) 18 La fecundidad del amor. El aborto y la moral (23.01.2013) 22 El catolicismo de Gustavo Bontadini (01.02.2013) 24 Por qué ha dimitido el Papa (14.02.2013) 27 La dimisión de Benedicto XVI. ¿De qué Papa tenemos necesidad? (20.02.2013) 30 El patio de los gentiles (27.02.2013) 32 Fe y duda. Observaciones sobre algunas declaraciones del card.Ravasi (10.03.2013) 35 El complot de los modernistas (12.03.2013) 40 Los modernistas descubren las cartas. Vito Mancuso indica cómo... (12.03.2013) 42 Los modernistas intentan instrumentalizar al Papa (19.03.2013) 45 Hambre de pan, hambre de verdad. El advenimiento del papa Francisco (22.03.2013) 48 Los males de la Iglesia (26.03.2013) 52 Fuerza y debilidad del Papado (30.03.2013) 56 Idealismo y magia (03.04.2013) 61 La encíclica no escrita (10.04.2013) 65 Después de la intervención de mons. Luis Negri (20.04.2013) 68 La pastoral inadecuada (23.04.2013) 69 La Marcha por la Vida, un llamado a la conciencia de todos (30.04.2013) 74 La obsesión por lo "moderno" (02.05.2013) 76 Reflexiones sobre la eutanasia (07.05.2013) 80 La mónada y la tríada (09.05.2013) 83 Don Ennio Innocenti, estudioso del gnosticismo (10.05.2013) 88 La Iglesia de los laicos (14.05.2013) 90 El contraste entre el Magisterio y la Pastoral (15.05.2013) 92 La cuestión de las "doctrinas diabólicas" (16.05.2013) 95 La Iglesia y los institutos religiosos (19.05.2013) 99 Idealismo y alucinación (22.05.2013) 101 Fruta y verdura para Benedicto XVI (01.06.2013) 106 Los dos señores (11.06.2013) 109 El valor permanente de la Cristiandad medieval (16.06.2013) 111 Hegel apologista de la muerte (23.06.2013) 117 La Curia Romana y el Magisterio de la Iglesia (28.06.2013) 122 La doctrina del espíritu en la filosofía de Hegel (29.06.2013) 124 Las fuerzas malignas colectivas (02.07.2013) 129 Una encíclica escrita a cuatro manos (04.07.2013) 133 El engaño del gnosticismo (06.07.2013) 137 El concepto modernista de la fe (12.07.2013) 141 La esencia de la creación (23.07.2013) 146 Herejía y avaricia (27.07.2013) 151 El caso de los Franciscanos de la Inmaculada (01.08.2013) 155 Boff, deja ser al Papa (06.08.2013) 156 Homofobia y derechos humanos (07.08.2013) 158 El diálogo con los modernistas (16.08.2013) 161 La desobediencia de los superiores (24.08.2013) 164 7 Los recursos de la Iglesia (07.09.2013) 168 Sobre la teología de la liberación (11.09.2013) 173 Agustín y Lutero (13.09.2013) 177 Los frutos del Concilio. Carta al profesor Piero Vassallo (17.09.2013) 183 La verdad absoluta. El Papa a Scalfari (26.09.2013) 185 El Dios de Scalfari (08.10.2013) 190 Diálogo con el modernismo (13.10.2013) 194 8 Nota del Traductor Se publican aquí los artículos que he podido recopilar escritos y publicados por el padre Giovanni Cavalcoli OP, durante el año 2013. En casi todos ellos he podido identificar la fecha exacta de publicación. Cualquier eventual error lo salvaremos en próximas ediciones. Además, es posible que el padre Cavalcoli haya escrito y publicado durante 2013 otros textos, artículos o ensayos, que no figuran en esta recopilación. Si los descubrimos, también los añadiremos. Y a la vez, solicito a los amables lectores que me comuniquen si conocen la existencia de esos artículos aquí faltantes, al igual que me hagan llegar las advertencias de errores que es posible yo haya cometido en su traducción. Julio Alberto González Las Heras, Mendoza, Argentina email: julalbgonzalez@gmail.com 9 10 La apología de la soberbia 1 Todas las tardes, nosotros, los Religiosos, en el rezo de las Vísperas, por antiquísima tradición, cantamos aquel maravilloso himno, el Magnificat, que, según la narración evangélica, pronunció la Santísima Virgen María al término del prodigioso encuentro con Isabel para agradecer y alabar a Dios por las "grandes cosas" que había hecho en ella. En una serie de versículos María, exultante de alegría, enumera estas grandes obras de Dios, y entre ellas encontramos las conocidas palabras: "Ha dispersado a los soberbios en los pensamientos de su corazón, ha exaltado a los humildes", una de las mayores obras que Dios realiza en el corazón del hombre ensoberbecido por haber sucumbido a la tentación demoníaca en el paraíso terrenal y, por lo cual con eso mismo, había caído de su originaria grandeza. Para salvarlo, Dios inspira al hombre sentimientos de humildad, los cuales solo, sostenidos por la gracia divina, son adecuados para sacar al hombre de su miseria mostrándole la falsa grandeza que cree haber conquistado obedeciendo a la serpiente. Por eso, la condena de la soberbia y la exaltación de la humildad es un tema que recorre todo el discurso ético de la Biblia, comenzando con el Antiguo Testamento y culminando en el ejemplo supremo del Salvador, de Aquel que, para salvarnos, ha aceptado la humillación de la cruz y nos invita a ser como Él "mansos y humildes de corazón". Y, como era de esperarse, esta temática sería después desarrollada en mil formas por todos los santos, los Padres y los Doctores de la Iglesia hasta los maestros de nuestros días, bajo la guía del propio Magisterio de la Iglesia. Entre todos baste citar al supremo Agustín, quien, con su estilo lapidario de gran eficacia, delinea la oposición entre la humildad y la soberbia en los siguientes términos: "amor Dei usque ad contemptum sui", la humildad, que hace la "Ciudad de Dios", y "amor sui usque ad contemptum Dei", la soberbia que construye la "ciudad de Satanás". La alternativa entre estas dos posibles orientaciones del espíritu, entre las cuales estamos llamados a elegir, se basa en una cierta conciencia de nosotros mismos, aquella que en la tradición filosófica es llamada "autoconciencia", acto característico del espíritu, con el cual nos elevamos sobre la vida física y sobre la misma realidad material y podemos contemplar la grandeza y la belleza de nuestro espíritu, ciertamente finito, pero creado a imagen y semejanza de Dios. El acto de la autoconciencia supone en quien lo realiza una percepción de la dignidad del espíritu y, por consiguiente, de la persona y de la elevación de la persona por encima de la pura corporeidad, por lo cual un ánimo materialista o positivista, maníaco de la ciencia experimental, deslumbrado engañosamente por las ilusiones de los sentidos y esclavo de la sensualidad, el "hombre carnal", para usar el lenguaje paulino, no comprende nada de esta sublimidad al vivir como una bestia. Sin embargo, no cualquier acto de autoconciencia garantiza la verdadera dignidad de nuestro espíritu, sino sólo aquel acto de autoconciencia que se realiza con humildad, rechazando cualquier tentación a la soberbia. Y tal tentación es fácil que se produzca en aquellos de entre nosotros que mayormente comprendemos la dignidad de nuestro espíritu, las maravillosas facultades del intelecto y de la voluntad, su apertura al Absoluto, los secretos casi impenetrables de su mundo, las estupendas conquistas de su actividad. Una de las más sublimes tareas de la filosofía y de la misma teología es precisamente la de indagar, ilustrar y explicar los tesoros del espíritu y, por tanto, de la autoconciencia. Pero es en este punto donde se oponen entre sí una verdadera y una falsa filosofía, una verdadera y una falsa sabiduría, la primera, fruto exquisito, exuberante y beatificante de la humildad, la segunda, que podríamos llamar más bien "gnosis" que filosofía, efecto insidioso, seductor y deletéreo de la soberbia. La primera, en las almas santas, está inspirada por el Espíritu Santo; la segunda, en los 1 Fr Giovanni Cavalcoli OP, publicado en el blog Riscossa Cristiana (Ricognizioni) el 4 de enero de 2013: https://www.ricognizioni.it/lapologia-della-superbia-di-p-giovanni-cavalcoli-op/ 11 espíritus rebeldes e impíos, es sugerida por el demonio, y en tal sentido la Sagrada Escritura habla de "doctrinas diabólicas". En ellas sigue susurrando esa misma serpiente que ya hizo caer a nuestros primeros progenitores. Siendo este el caso y estando así las cosas, es de quedar estupefactos de cómo hoy en día se dan teólogos sedicentes católicos y que se consideran católicos e incluso "tomistas", los cuales, en lugar de ser maestros de humildad, son maestros de soberbia mediante la difusión de doctrinas, como el idealismo panteísta, del cual he hablado varias veces en este sitio. Un fenómeno de este tipo, que en otros tiempos más felices habría sido bloqueado por la autoridad eclesiástica con la máxima severidad, hoy en día viene a veces llevado incluso en la palma de la mano por ciertos prelados imprudentes, como por ejemplo encontramos en el prefacio de un libro de uno de estos teólogos "católicos", donde, a su juicio uno de estos prelados habla de la "excepcional vocación teórica del autor", por lo cual se espera que el lector "se dé cuenta del empeño no común que le será requerido, si quiere afrontar la formidable empresa de medirse con la densidad y la agudeza de estas páginas". Veamos, entonces, a modo de ensayo y manteniéndonos en el tema de la auto-conciencia, en qué consiste la proclamada sabiduría de este teólogo y si cuanto dice merece efectivamente las alabanzas tan altisonantes antes citadas, o no las merece, es decir, si más bien debe considerarse un discurso engañoso y peligroso para la razón, para la fe y para las buenas costumbres cristianas. Veamos si existe el elogio de la humildad o si, bajo la apariencia de solemnes términos filosóficos, más bien se está dando incentivo a la soberbia. Primero que nada digamos qué es la soberbia. San Agustín de Hipona la define amor suae celsitudinis: por supuesto que no es la simple estima por la propia grandeza objetivamente considerada: esto es un preciso deber, tanto más cuanto que funda entonces el otro más alto deber de rendir alabanza a Dios que la ha concedido, utilizándola para el bien del prójimo. Si yo tengo tres grados universitarios, no puedo decir que solo tengo el séptimo grado de la escuela primaria. Pero, sigo siendo todavía un pobre mortal pecador, y si lo soy, no puedo pavonearme como si fuera un semidiós o una "teofanía" del Absoluto. En cuanto a Agustín, se refiere evidentemente a aquel amor de sí mismo falso y egoísta, a aquella auto-referencialidad, a aquel amor sui del que hablé líneas arriba, a aquella cupiditas o concupiscentia, se refiere a aquella absolutización o divinización del propio yo y de la propia autoconciencia, que hace del hombre un rival de Dios al ponerlo en conflicto con Él, le impide reconocer la trascendencia de Dios y, por consiguiente, someterse humildemente a Él y salvarse. La humildad obviamente será lo contrario. Ella se basa ante todo en la atención a las cosas tal como son, en la obediencia a la verdad, en la escucha de la autoridad, es decir, en la adaequatio, en la conformidad, como dice santo Tomás, de nuestro intelecto a la res, es decir, al ser, a lo dado, a la realidad que nos rodea y que nosotros mismos somos como criaturas de Dios. La doctrina gnoseológica que sostiene e ilustra estas cosas es el llamado "realismo". Por el contrario, la gnoseología que rechaza esta adaequatio que supone evidentemente una distinción entre el pensamiento y el ser, es la del idealismo, por el cual el pensamiento, irguiéndose como Absoluto, absorbe en sí mismo el ser, no admite un ser externo, presupuesto e independiente del pensamiento, regla de verdad del pensamiento, sino que el pensamiento deviene "intrascendible": nada antes, fuera y por encima del pensamiento, sino todo en el pensamiento, de hecho todo es pensamiento: el ser coincide con el ser pensado. Objeto del pensamiento no es el ser, sino el mismo pensamiento. El pensamiento se separa del ser y se vuelve sobre sí mismo. Esta doctrina ha sido llamada también "inmanentismo" y como tal ha sido condenada por la Iglesia, sobre todo por san Pío X en la famosa encíclica Pascendi contra el modernismo. En base a la humildad, el hombre sabe que ha sido creado por Dios de la nada (ex o de nihilo), pero creado a Su imagen y semejanza y destinado en Cristo a la vida eterna. El conoce además sus propios límites, defectos y pecados. Se atiene a estos límites naturales, sin pretender ir más allá, lo que sería arrogancia, presunción, engreimiento y soberbia, sino aceptando la vida de la gracia, la cual, purificando, curando, liberando y elevando la naturaleza, la enriquece con dones divinos y sobrenaturales, el primero de todos la caridad. 12 En segundo lugar, la humildad completa su esencia de virtud en la voluntad, por la cual ésta, aplicando y perfeccionando la humildad del intelecto (la obediencia a la verdad, propia del realismo), frena el impulso de la soberbia 2 , pone en práctica la ley divina y obedeciendo a ésta, permite al hombre su verdadera grandeza, que es precisamente lo que Dios quiere, habiendo creado al hombre para hacerlo partícipe, en Cristo, de su misma vida divina. Cuando por otra parte se habla en general de "auto-conciencia", siempre es necesario precisar de qué auto-conciencia se habla, ya que existen tres grados de autoconciencia: la humana, la angélica y la divina, grados que son diversísimos entre sí y que por lo tanto es necesario distinguir siempre con lealtad y precisión para evitar peligrosas ilusiones y nefastos equívocos. Y es lamentablemente aquí donde caen los idealistas como por ejemplo el antes citado teólogo, no obstante proclamarse "católico" y "tomista". De hecho, es bien sabido cómo los idealistas, cuando hablan de los valores del espíritu, como la auto-conciencia, el yo, el sujeto, la conciencia, el pensamiento, la razón, etc., juegan siempre sobre el equívoco, presentando, sin querer reconocerlo, estos valores bajo una forma implícitamente divina, para luego atribuirlos al hombre. O si hablan del modo humano de su realización, lo tratan con escepticismo, desprecio y altivez, actitud típica de los gnósticos, quienes, considerándose los verdaderos filósofos y maestros de la humanidad, en posesión del "Saber absoluto o supremo", miran desde arriba con conmiseración a los realistas, considerados por ellos mentes groseras y vulgares y pobres ilusos detrás de las apariencias, enumerando entre las doctrinas de estos, nótese bien, incluso a la dogmática católica, que para ellos es un conjunto de mitos, imágenes y símbolos ingenuos, superados, clarificados o refutados, según los casos, por su "ciencia o exégesis bíblica", muy superior a cuanto el Magisterio de la Iglesia relata y da a entender a las ovejitas (por no decir a las bestias) del rebaño de Cristo 3 El mismo método es seguido por nuestro teólogo. Demos algunos ejemplos. Ante todo, se equivoca al definir como el objeto de la auto-conciencia el "sí mismo" como "pensamiento pensado". Ya inmediatamente aquí se confunde al sujeto humano con el Sujeto divino. El sujeto humano no es en absoluto "pensamiento" subsistente, sino que esta es prerrogativa sólo del Pensamiento divino. El sujeto humano no es un pensamiento y ni siquiera es, como creía Descartes, una res cogitans, sino que es un sujeto compuesto de alma y cuerpo, que simplemente puede pensar. El sujeto permanece sujeto también si no piensa. Cuando duermo, aunque no pienso, siempre sigo siendo una persona: soy simplemente una persona que duerme. Por el contrario, sólo en Dios el acto de pensar constituye la esencia del Sujeto divino. En segundo lugar, la auto-conciencia, siempre según nuestro teólogo, se "expresa como apreciación de sí como absoluto originario e intrascendible". Y explica: "La auto-consciencia para ser sí misma no reenvía a otro de sí, se refiere simplemente a sí porque es conciencia de sí y no conciencia de otro. Es por consiguiente absoluta". El autor, tal como se expresa en el contexto, pretende hablar de nuestra autoconciencia, la auto-conciencia humana; pero de hecho le atribuye los caracteres divinos, bajo apariencia de hablar de autoconciencia en general. De hecho, nuestra autoconciencia no es en modo alguno un "absoluto originario e intrascendible". Nuestra autoconciencia es un acto de nuestro intelecto que inicialmente recibe su contenido de los sentidos, por lo cual este acto no es en modo alguno absoluto y originario, sino relativo a cuanto el intelecto ya ha recabado de la experiencia sensible, por lo cual es derivado y condicionado por este precedente contacto con la realidad sensible externa. Si, por ende, no hemos completado esta operación elemental del conocer, buena reflexión tendríamos sobre nosotros mismos: ¡no tendríamos nada más que vacío! ¡No confundamos! De 2 Santo Tomás considera la humildad como una forma de templanza: visión correcta, pero un poco limitada y poco profunda: cosa extraña en un pensador profundo como él. Parece no darse cuenta de que su famosa definición de la verdad como adaequatio intellectus et rei es la forma más profunda de la humildad. En cambio, santa Catalina de Siena, más atenta aquí a la lección agustiniana, comprende muy bien el vínculo de la obediencia y, por lo tanto, de la adaequatio con la humildad. 3 Frase no del todo traducible del italiano: “alle pecorelle per non dire ai pecoroni del gregge di Cristo”. 13 hecho, nuestra autoconciencia implica la reflexión sobre nuestro yo pensante, en cuanto ya en posesión de contenidos intencionales recabados de la experiencia. Este condicionamiento y esta relación con el previo y presupuesto conocimiento sensible están obviamente ausentes sólo en la Autoconciencia divina, solamente la cual es puro Espíritu infinito, Pensamiento subsistente originario y originador, creador del mismo pensamiento y de la autoconciencia humanos: solo Dios es Pensamiento intrascendible, porque es comprensivo de todo el ser, del Ser que es Él mismo y del ser del mundo, que Él ha creado. Y si el mundo, como opus ad extra, es externo a Dios, la Mente divina, en cuanto proyectadora o ideadora del mundo, tiene en sí inmanente en modo ideal también el ser del mundo y como Causa primera lo contiene virtualmente en sí, como enseña santo Tomás. Por el contrario, nuestro pensamiento no es en modo alguno intrascendible, sino que es trascendido de infinitos modos por el ser y por los seres del mundo, por nuestro mismo ser, porque nosotros somos misterio para nosotros mismos y sobre todo por el infinito Ser divino. Solo Dios es omnisciente. Y también cuando pensamos en Dios, en el Absoluto, en el Infinito, en la Totalidad, nuestro pensar, por amplio y sublime que sea, permanece finito, por lo cual, aunque podamos conocer estos valores, nada podemos comprender de lo que en ellos supera nuestra limitada capacidad de comprensión. No es cierto que nuestra auto-conciencia "no reenvía a otro de sí": como acto intencional de nuestro intelecto, ella reenvía al ser, a nuestro mismo ser y al ser de las cosas que se suponen, como he dicho arriba, que hemos contactado. Un ser humano que desgraciadamente debiera nacer sin el ejercicio de los sentidos, no podría tener ninguna autoconciencia. El citado teólogo continúa explicando qué cosa quiere decir al llamar "originaria" a la autoconciencia. Es un atributo que acompaña la "intrascendibilidad". De hecho, dice: "Tratemos de pensar que este pensamiento pensante o pensar pensante" (= la autoconciencia) "no sea originario sino que tenga un origen. Pues bien, el pensamiento pensante piensa también el origen: ¡de un bocado ya lo ha comido, ya lo ha englobado! Si piensas que el pensamiento tiene un origen, tienes ya pensado el origen. Por tanto, el origen no es extraño al contenido del pensamiento; es el acto del pensar que se lo come... La autoconciencia se aprecia a sí misma como absoluto originario, porque si debiera pensar un propio origen distinto de sí, lo pensaría - ¡precisamente! Entonces ya no es diferente de sí. No solo se aprecia a sí como absoluto originario, sino también como intrascendible. Si busco trascender la conciencia, estoy siempre en la conciencia: si pienso que existe algo que está fuera del pensamiento, lo estoy pensando: por lo tanto, no está fuera. Nada cae fuera del pensamiento". Siempre estamos ahí: la identificación del pensar humano con el pensar divino. Debería ser claro para un teólogo que se dice tomista, pero, que digo! católico, que el pensar humano no es en modo alguno absoluto, originario e intrascendible, sino que estas son cualidades exclusivas del pensar divino. El pensar humano es relativo al sujeto y al objeto, es creado por Dios, trasciende del ser. En el acto del conocer debería ser obvio que trasciendo mi pensamiento para llegar a las cosas fuera de mí, de lo contrario, ¿cómo enriquecería mis conocimientos? No puedo contentarme con lo que ya existe en mí, es decir, con lo que no me trasciende. Como dice Agustín, ¿cuando nos invita a buscar a Dios? ¡Transcende et teipsum! 4 . ¡Ciertamente esto no quiere decir que el pensar salga de sí mismo para viajar en el espacio! El pensamiento captura lo real externo a lo interno del pensamiento: es lo que los Escolásticos llaman "acción inmanente"; pensamos, pero los sentidos se encargan de alcanzar al objeto puesto en el espacio. Ciertamente, el pensar divino no tiene ningún origen externo como el nuestro, que es creado por Dios. Pero por otra parte, si Dios -y aquí nuestro pensar es como el suyo- piensa el mundo que está fuera de Él, no por eso el mundo desaparece para reducirse a simple pensamiento divino! Indudablemente el mundo, como observa agudamente santo Tomás de Aquino (esta es la verdadera agudeza) tiene virtualmente en la esencia divina un ser infinitamente superior al ser que 4 De vera religione, c. XXXIX. 14 posee fuera de Dios, porque se identifica con el mismo ser divino -y esta es la parte de verdad del panteísmo. Pero el mundo sigue siendo mundo con su ser externo a Dios también si es pensado por Dios. De hecho, el mismo ser mundano se funda originariamente sobre la idea divina del mundo realizada por la divina voluntad creadora. Pero se diría que este "tomista" también tenga una idea falsa de la creación, lo que hace pensar en la concepción de Emanuele Severino, precisamente por el hecho de que no aparece la distinción real entre pensamiento divino creador y pensamiento humano creado. Quizás que si yo pienso en el origen de mi pensamiento, en mi facultad intelectual, en Dios que ha creado mi intelecto y crea mi propio acto de pensar, con lo que yo estoy autorizado a negar que estos orígenes -Dios y mi intelecto- pierdan su existir objetivo frente a mi pensamiento por el solo hecho que, pensándolos, los inmanentizo en mi pensamiento y en mi conciencia? Aquí el teólogo "tomista" confunde evidentemente, a la manera idealista, el ser real extra- mental (extra animam) con el ser intencional-representativo (esse cognitum). La realidad permanece fuera de mí también cuando la pienso. ¿Por qué motivo debería desaparecer o "ser comido"? "No es la piedra que está en el alma -decía Aristóteles con su buen sentido común- sino que es la imagen de la piedra": ¡la piedra sigue estando fuera! Si yo pienso en la ciudad de Bologna, ciertamente ella entra intencionalmente o representativamente en mi conciencia. ¿O acaso es que entra en mi mente con su materialidad? ¿Y las dos torres en qué parte de mi cerebro las pongo? Pero, ¿por qué motivo debería desaparecer Bologna en sí misma, en la realidad externa? ¿Mediante qué operación mágica yo tendría el poder de transformar su ser real en mi concepto de "ciudad de Bologna"? ¿Pero entonces cuál es el punto? Aparte de la tontísima falsedad de tal idea. Última perla de estos refinados desatinos: el citado teólogo "tomista" dedica diez páginas de su libro, en una larguísima nota, a la crítica de dos de mis artículos aparecidos hace años en la revista teológica internacional Divinitas dirigida por Mons. Brunero Gherardini 5 , donde refuto ya anticipadamente, siguiendo el pensamiento de santo Tomás y otros autores tomistas, las opiniones del teólogo expuestas líneas arriba. No lo mencioné, pero él se ha dado cuenta de que estaba criticando ideas similares a las suyas, y me ha arremetido en contra furiosamente por lo cual critica mis posiciones, en verdad no sin algunas buenas ideas, pero en sustancia llenas de enrevesados sofismas llegando incluso a acusarme de ponerme contra la fe. Por mi parte, considero que sus puntos de vista no son contrarios a la fe, aunque indirectamente lo sean: sería hacerles demasiado honor. Son simplemente tonterías ingeniosas, herederas de un idealismo mohoso, refutado mil veces por los tomistas 6 , aunque por desgracia todavía seductores, de los cuales ya sería hora de desembarazarse para siempre porque, habiendo penetrado en la teología católica en las últimas décadas, piénsese también en el fenómeno del rahnerismo, está creando, sin negar ciertos aspectos positivos, enormes desastres en el recto pensar y consecuentemente en el comportamiento de los fieles. Es correcto comparar el pensamiento del Aquinate con el idealismo para buscar algún punto de contacto; pero pretender construir, como lo hace nuestro teólogo, un tomismo a la Severino, a la Bontadini y a la Gentile es una especie de esquizofrenia, es un intento tan sensato como cavar un hoyo con una mano y taparlo con la otra. Al final, bien va eso, y supuesto que muchos no quedan envenenados, podemos preguntarnos: ¿quién te obliga a hacerlo? ¿No te deja exasperado este ir y venir entre dos polos opuestos al final? ¿Quieres cojear con ambos pies? ¿Y luego te gustaría presentarte como campeón del principio de no contradicción? 5 Pensare il pensiero (I), en Divinitas, 2 (2000), pp.281-300 y Pensare il pensiero (II) en Divinitas II, 1 (2001), pp.43-72. 6 Basta ver los estudios de Gonzalez, Mattiussi, Gredt, Sertillanges, Chiocchetti, Roland-Gosselin, Gardeil, Maritain, Vanni Rovighi, Garrigou-Lagrange, De Tonquédec, Fabro, Gilson, Y. Simon, Toccafondi, Zacchi, Cordovani, A. Galli, G. Bertuzzi, etc. 15 La "interpretación herética" del Concilio Vaticano II 7 El L'Osservatore Romano del 29 de noviembre de 2012 contiene un artículo del nuevo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, mons. Gerhard Ludwig Müller, titulado "Realmente ha sucedido algo grande" (“Davvero è accaduto qualcosa di grande”), en el que el articulista se refiere a la siempre debatida cuestión acerca de la recta interpretación del Concilio, y trae a escena expresiones hasta ahora inéditas de parte de la Santa Sede y de los Pontífices post- conciliares, pero expresiones de capital importancia, y que arrojan aún más luz sobre esta antigua, controvertida, delicadísima y compleja cuestión. De hecho, por primera vez se habla de "interpretación herética del Concilio" en clara referencia a la exégesis de la "ruptura", por la que se acusa tanto a los "tradicionalistas" como a los "progresistas". ¿Y por qué herética? Porque mientras que los primeros caen indebidamente detrás de las enseñanzas del Concilio, los segundos "quieren dejar el Concilio atrás, como si fuera solo una etapa a abandonar, para llegar a otra Iglesia". Ahora bien, está claro que este "retroceso" y "avance" no deben entenderse absolutamente con mentalidad historicista, como si la fe estuviera sujeta a cambios con el paso del tiempo. Se trata en cambio, como debería ser evidente para todos, aún cuando el autor del artículo no se extienda sobre ello, del deber de todo católico de aceptar el Magisterio de su propio tiempo sin resistencia pasadista o huidas hacia adelante falsamente proféticas. Está claro que aquí los "tradicionalistas" no son aquellos que legítimamente 8 , y en plena comunión con la Iglesia y en el respeto al Concilio, aman evidenciar los perennes valores de la Sagrada Tradición con particular referencia a la Santa Misa Tridentina, notoriamente liberada por el Sumo Pontífice, sino que se trata de aquellos tradicionalistas que, en nombre de su propio arbitrario inmediato contacto con la Tradición, erigiéndose como jueces del Magisterio, pretenden encontrar en el Concilio Vaticano II traiciones o desviaciones del dogma o acentos modernistas o compromisos con los errores del mundo moderno. En cuanto a lo que el articulista llama "progresistas", es igualmente evidente que él se refiere no simplemente a aquellos católicos que encuentran en el Concilio Vaticano II un desarrollo de la Tradición en la continuidad con su significado perenne e inmutable 9 ; ni por lo tanto se refiere a aquellos católicos que ven en las enseñanzas del Concilio el rostro de una nueva Iglesia en línea con la del pasado, ni se refiere a aquellos católicos amantes del progreso doctrinal, dogmático, espiritual y moral y que encuentran en las enseñanzas del Concilio las sabias e infalibles indicaciones para tal progreso. Es evidente, de hecho, que este "progresismo" no es en absoluto herético, sino que es totalmente legítimo, obediente, evangélico, loable y beneficioso, y es el perentoriamente indicado y ordenado por el propio Concilio Vaticano II como modo necesario para vivir hoy en la comunión con la Iglesia el camino de la salvación. Herético en cambio, como es bien sabido, es el modernismo, el cual desafortunadamente durante mucho tiempo ha aumentado en dimensiones impresionantes, aunque en nuevas formas, como falsa interpretación del Concilio presentándolo precisamente como si fuese modernista, dando así pretexto a los falsos tradicionalistas para oponerse al Concilio. Esta importantísima intervención de monseñor Gerhard Müller pone a la luz algunas cosas que deben suscitar en todo buen católico la máxima atención. 7 Fr Giovanni Cavalcoli OP, publicado en el blog Riscossa Cristiana (Ricognizioni), el 8 de enero de 2013: https://www.ricognizioni.it/l-interpretazione-eretica-del-concilio-vaticano-ii-di-pgiovanni-cavalcoliop/ 8 Por ejemplo, el Siervo de Dios padre Tomas Tyn, OP [1950-1990], quien se consideraba a sí mismo "tradicionalista", pero estaba en comunión plena y ejemplar con la Iglesia y con el Concilio Vaticano II. 9 Un ejemplo de este progresismo saludable es el de Jacques Maritain, en su famoso libro Le paysan de la Garonne. 16 Primera. Las posiciones de mons. Lefèbvre y de sus seguidores no son simplemente "cismáticas", como por mucho tiempo se ha creído y la misma Santa Sede ha dicho, sino que son también y sobre todo heréticas. Y esto porque toda la cuestión no es la del lenguaje no siempre claro del Concilio, la de la recuperación de la Tradición o de las cosas silenciadas o abandonadas por el Concilio, de las famosas ordenaciones ilícitas de algunos obispos, a quienes, además, como se sabe, les ha sido levantada la excomunión, ni es mucho menos la cuestión de la Misa Tridentina, hoy más que nunca oficialmente aprobada y promovida por el mismo pontífice (que luego los obispos se avengan, es otro cantar). ¿Y por qué esas posiciones son heréticas? Porque mons. Lefébvre hizo acusaciones doctrinales gravísimas al Concilio, negando su infalibilidad bajo pretexto de que no contiene dogmas definidos, es decir, acusándolo de liberalismo, naturalismo, indiferentismo, iluminismo, antropocentrismo, todo lo cual de ser cierto, convertiría en herético al mismo Concilio. Pero acusar de herejía las doctrinas dogmáticas de un Concilio es dar prueba de ser, a su vez, hereje. De ahí la nota severísima de mons. Müller, la cual después de todo no hace nada más que aclarar lo que el Papa había dicho recientemente a los lefebvrianos, es decir, no enseñar que en el Concilio existen "errores" y que si quieren estar en plena comunión con la Iglesia debe aceptar las "doctrinas" del Concilio, doctrinas que, dado que suscitan la cuestión de la herejía, deben ser evidentemente doctrinas de fe, incluso si no se trata de fe explícita y solemnemente definida. Si en las tratativas de la Santa Sede con la Fraternidad san Pío X, la misma Santa Sede ha admitido que existen partes discutibles del Concilio, esto evidentemente no se refiere a doctrinas, sino a esa parte pastoral, la cual no estando garantizada por la infalibilidad, ciertamente puede contener cosas menos prudentes o que mañana puedan ser cambiadas o incluso abolirse. Pero incluso en cuanto a aquellos que Müller llama "progresistas", tenemos novedades importantes. También se les llama por primera vez "herejes". Evidentemente, repito, no se trata simplemente de los católicos amantes del progreso, dado que algunos estudiosos han definido correctamente al mismo Concilio Vaticano II como Concilio progresista, tanto es su carácter de "aggiornamento", renovador, reformador, inclinado hacia el futuro del mundo y hacia la misma escatología. Se trata en realidad de neomodernismo, el cual ciertamente es una herejía, aunque indudablemente existen muchas formas de modernismo, no todas de la misma gravedad o de la misma evidencia. En muchos casos tenemos de ella simples trazas o rastros y ciertamente en personas de buena fe. Pero no faltan casos graves, generalizados, fascinantes e insidiosos, como por ejemplo el rahnerismo. Por consiguiente, las cosas se están aclarando y debemos agradecer a mons. Müller por esta valiente y clarificadora intervención. Ahora bien, sin embargo, es necesario entrar más en los detalles de la cuestión. Es necesario que la Santa Sede, reconociendo los méritos y las justas exigencias de todos, aclare los puntos donde se encuentra la herejía, tanto en lo que respecta a los lefebvrianos como en lo que respecta a los modernistas. Es necesario de una buena vez que sea eliminado el mal, para hacer resplandecer el Concilio en su verdadera luz y liberar a las almas del error y la injusticia, tranquilizar a los escandalizados y frenar a los impostores. Para los lefebvrianos no será demasiado difícil, dada la escasez de su número y algunos signos de buena voluntad que ellos están dando. Más difícil será corregir a los modernistas, caídos en errores mucho más graves y arraigados, y llenos de arrogancia por el poder que han logrado conquistar y su convicción de ser la vanguardia de la Iglesia. Pero debemos saber resistir a sus insidias, seducciones y amenazas y tener una confianza absoluta y perseverante en la obra del Espíritu Santo y en la presencia de Cristo que llama a la puerta de nuestros corazones. 17 La cuestión de la obediencia y el poder de los modernistas 10 El retorno del modernismo que caracteriza estos cincuenta años desde el final del Concilio Vaticano II se puede dividir en dos períodos que manifiestan la tenacidad, la fuerza y el poder de persuasión que tiene esta conspiración contra la Iglesia que actúa en su mismo interior haciendo, como hubo de decir el papa Paulo VI, que la Iglesia esté llevando a cabo una "obra de auto-demolición". El primer período está caracterizado por el famoso 1968, vale decir: la época de la protesta alborotada y descarada, y al mismo tiempo la de la difusión salvaje y descontrolada entre seminaristas, jóvenes, sacerdotes, religiosos y teólogos, de doctrinas heréticas en los campos dogmático y moral. Los obispos, desconcertados y para no hacer la figura de esos "profetas de calamidades" o de los conservadores preconciliares, en su mayoría han dejado hacer, a veces con la fórmula ad experimentum ("veamos cómo va"), como si la verdad de una doctrina dependiera del éxito que encontrara. Así como en muchos casos el éxito se ha producido, aquello que antes era un "probar si funciona" se ha estabilizado, se ha convertido en un hecho descontado e indiscutible. Los que han intentado oponerse, cualquiera que fuera su autoridad o competencia, tal vez en nombre del Magisterio precedente o de la Tradición, fueron puestos en burla pública como "anticonciliares". La desobediencia al Magisterio y al Papa mismo, abierta o secretamente manifestada, en nombre de un no mejor precisado "espíritu del Concilio", ha comenzado a convertirse en una costumbre generalizada entre los fieles, intelectuales y pueblo, entre el clero, los teólogos y los moralistas. Nació el así llamado "disenso católico", y Paulo VI habló del "magisterio paralelo". Las ideas heréticas y modernistas, especialmente filo-protestantes, comenzaron a ser libre, tranquila e impunemente enseñadas en las escuelas de la Iglesia y en las publicaciones impresas de muchas así llamadas casas editoriales "católicas". El escándalo y la perturbación de los fieles piadosos y ortodoxos era considerado con irrisión e irónica compasión por los modernistas -los así llamados "progresistas"- cada vez más seguros de sí mismos y con la certeza de ser la nueva Iglesia del futuro y de la modernidad, "en el corazón del mundo", la "Iglesia de los pobres", la "Iglesia de abajo", la "Iglesia del diálogo", guiada directamente por el Espíritu, verdaderamente evangélica y atenta a la "Palabra de Dios" y a los "signos de los tiempos". En este primer período, ha existido la posibilidad por parte de los modernistas, cada vez más dominantes en los medios, penetrados en las familias, en la escuela, en la cultura, en las universidades, en los ambientes laborales, en las parroquias, en los movimientos, en los ambientes académicos y de la educación católica, en los seminarios y en los institutos religiosos, de formar a toda una generación de nuevos sacerdotes, nuevos religiosos, nuevos líderes, nuevos obispos y hasta nuevos cardenales y todo ello ante una debilísima resistencia por parte de los buenos pastores y de la Santa Sede, ella misma debilitada y contaminada por infiltrados altamente recomendados por prelados ambiciosos y de dudosa ortodoxia. ¿Cuál ha sido el resultado catastrófico? Hoy lo tenemos ante nuestros ojos en medida creciente y se lo hubiera podido imaginar y, de hecho, fue imaginado y previsto por los más clarividentes -los "profetas de calamidades"; deberíamos decir mejor: los ignorados "centinelas"- o, digamos más simplemente, fue previsto por aquellos dotados de buen sentido común: el resultado ha sido que poco a poco por los modernistas, por los falsos maestros dejados libres para esparcir sus errores, habría de surgir como de hecho ha surgido toda una categoría o generación de detentadores del poder eclesiástico a varios niveles, más o menos implacables o convencidos, muchos oscilantes y doblejueguistas, imbuidos de sus ideas y por tanto capaces no sólo de 10 Fr Giovanni Cavalcoli OP, publicado en Riscossa Cristiana (Ricognizioni) el 21 de enero de 2013: https://www.ricognizioni.it/la-questione-dellobbedienza-e-il-potere-dei-modernisti-di-p-giovanni-cavalcoli- op/ 18 difundir ideas modernistas, sino de hacerlas aplicar, bajo pena de sanciones disciplinarias en nombre de la "obediencia" o incluso la persecución contra quienes han querido o quieren permanecer fieles al Magisterio de la Iglesia; penas aún más severas contra quienes no sólo se mantienen fieles a la sana doctrina, sino que revelan y denuncian, sobre todo si son estudiosos o teólogos, con nombres y hechos, así como con pruebas y precisas acusaciones, los errores y las fechorías de los modernistas, los cuales son muy hábiles en el esconder la insidia bajo las apariencias de lo verdadero, por lo cual se irritan muchísimo hacia quienes advierten a los fieles de