Índice Prólogo 2 Capítulo 1: Valtierra 5 Capítulo 2: Caminos de barro y tierra 11 Capítulo 3: “Ed” 18 Capítulo 4: Blanco como las nubes. 24 Capítulo 5: Sobrevive 34 Capítulo 6: Metal y tradiciones 38 Capítulo 7: Usando pantalones 44 Capítulo 8: Serpientes de plata 53 Capítulo 9: Aprendiendo Magia 61 Prólogo Hace 500 años, la guerra terminó. Hace 500 años, la paz llegó. Hace 500 años, los buenos ganaron. Hace 500 años, Cadya cambió para siempre. La Gran Guerra sacudió todo el continente, dividiéndolo en dos: la Alianza y el Enemigo. Nadie quiere mencionar el n ombre de quien provocó la mayor guerra de todas, o al menos eso dice mi abuelo. Yo solo he oído hablar de la Gran Guerra a los adultos. Cada vez que pregunto, sus rostros se ensombrecen, como si les hubieran arrebatado algo. Hablan de héroes que se alzaron contra la oscuridad, de sacrificios y victorias, pero también de pérdidas que nunca podrán olvidar. Dicen que la guerra terminó hace mucho tiempo, q ue ahora vivimos en paz. Pero cuando veo sus miradas, siento que hay algo más, algo que nunca me cuentan. Es como si el eco de aquella guerra todavía resonaba en sus corazones, como si el peso de lo que ocurrió hace tanto tiempo aún les pesara, incluso aho ra, siglos después. A veces me pregunto qué se siente vivir en un mundo donde todo está en juego, donde el miedo y la esperanza luchan por el control de cada día. ¿Cómo fue para ellos ver cómo su hogar era destrozado, cómo sus seres queridos eran arrebatados por un enemigo qu e casi nadie se atreve a nombrar? Los adultos dicen que los buenos ganaron, pero a veces me pregunto si la victoria fue tan dulce como dicen, o si el costo fue tan alto que la paz que tenemos ahora es solo una sombra de lo que alguna vez fue. Pero si ganam os porque seguimos ocupando guardias y soldados, si ganamos porque papá no regresó . La abuela sigue preparando la sopa que le gustaba, siempre sirve un plato de más, el abuelo siempre se lo come, aunque llora en la noche cuando cree que nadie lo ve, creo q ue no le gusta esa sopa. El abuelo es alguien serio no le gusta sonreír y siempre dice que hay que trabajar, a veces me lleva, me está enseñando a hacer ladrillos de barro, me gusta el barro se puede moldear fácilmente, aunque me mancho. Un día la abuela guardó la camisa de papá, es su favorita es verde, cómoda y es un regalo de mamá a papá, él no dejaba que nadie la agarrara ni siquiera yo, también guardo sus zapatos cómodos le pregunte porque lo hacía, que papá las buscaría cuando llegue , la abuela no me respondió solo me abrazo y lloro, no sabía porque, pero también llore. Papá no regresará Capítulo 1: Valtierra Escucho gritos. Todos gritan. Luego, un silencio que hace que mi pecho se caliente. Algo se acerca. Me giro para ver, pero solo escucho: "Despierta". — ¡Estoy despierto! — grito, y me levanto de la cama empapado en sudor. Miro a mi alrededor; todo está en su lugar, como siempre. El cajón con mi ropa, mi morral y el sombrero de paja que me dio mi abuela. Y hablando de ella... — ¿Qué pasa? — La voz angustiada de mi abuela resuena por la casa. — Nada, solo un mal sueño. — Me levanto y me preparo para empezar el día. Me cambio de ropa para trabajar; de mi vasto repertorio de camisas, ¿ Cuál elegiré hoy? Gris descolorido o marrón tierra... Medito al ver que solo tengo dos camisas y el mismo pantalón. Me decido por la gris. Salgo de mi habitación, listo para encontrarme con mi abuela preparando el desayuno: un cuarto de hogaza de pan de cebada. Es seco y difícil de masticar, pero es mejor que nada. — Buenos días, abuela — la saludó con un beso en la mejilla. — Buenos días, Edd — me devuelve el saludo. Ella sigue llamándome así, “Edd”. No importa cuántos años pasen, para ella siempre seré “Edd”. — ¿Algún día me llamará por mi nombre? — le pregunto, aun sabiendo su respuesta — Te llamaré Eddon cuando te cases y forme s una familia. Cuando eso pase, podrás decirme cómo llamarte, pero hasta entonces serás mi Edd. — La misma respuesta para la misma pregunta. — Ahora come rápido, que tu abuelo te espera. Estamos a solo un par de semanas del festival de la cosecha, y él ya te consiguió trabajo como mozo en la granja de Walett, que está a unos kilómetros al este — dice mi abuela. En cuanto escuchó esas palabras, el trozo de hogaza se quedó a medio camino, y esta vez no es por lo seco. El festival de la cosecha es la temporada más atareada del año. Es el momento en que los cultivos están listos para ser recogidos, y todos los agricultores esperan este día con ansias. Aunque a mí no me gusta mucho ya que significa que Proteo acaba y con él llega el Ferhal. Como es costumbre, mi abuelo irá a la granja del señor Walett para ganar algunas esquirlas, pero, sobre todo, para ofrecerme como mozo, haciendo todas esas tareas qu e nadie más quiere hacer. Tragó el trozo de hogaza con un poco de dificultad y tomó el vaso de leche de golpe. — Bien, abuela, en ese caso debo irme ya. — No quería hacer enojar al abuelo; ya de por sí es bastante gruñón, no quiero pensar en cómo es cuando se enoja. Salí de la casa de mis abuelos mientras mi abuela me despedía, advirtiéndole que me cuidara y que no t ardará en encontrar al abuelo. No me llevó mucho tiempo hallarlo; estaba junto a otros vecinos, preparándose para subir a un carromato. En cuanto me vio, no tardó en dirigirse a mí con el rostro endurecido por el disgusto. — ¡¿Dónde has estado, Eddon?! ¡¿Sa bes qué hora es?! — me gritó, su voz resonando fuerte y clara — . ¡El carromato está a punto de partir y tú sin dar señales de vida! ¡Es que no tienes vergüenza! ¡Ya han sonado las primeras campanadas y apenas apareces! — Su voz, tan fuerte como siempre, me sa cudió. A pesar de su edad sigue siendo imponente, sus hombros anchos y brazos fuertes, forjados del trabajo de años en múltiples trabajos, su mirada es dura como la piedra y junto a su bigote poblado lo hacen ver alguien de autoridad, vistiendo unos simples pantalones junto a una camisa azul desgastada con las mangas arremangadas. Al pasar a su lado me pone en el pecho un trozo de tela — Póntelo en el brazo para que sepan que trabajas para el señor Walett. — Lo siento, abuelo, ya sabe cómo soy — le respondí, riendo en voz baja mientras me subía al carromato y me ponía el pañuelo en el brazo izquierdo mostrando el emblema d e la casa del señor Walett. — De verdad, no tienes vergüenza — suspiró el abuelo, resignado ante mi actitud. Me siguió y se subió también al carromato. El carromato no tardó mucho en ponerse en marcha. Los caminos de Valtierra y sus alrededores son tan corrientes como el propio pueblo, sin nada especial que destacar. Valtierra no es un lugar popular, pero Es conocido por un dicho: “Si vas a Valtierra, sol o encuentras barro y tierra”. Y, siendo sincero, es cierto. Mi vida aquí siempre ha sido igual: ayudó al abuelo a hacer ladrillos de barro para un noble que quiere invertir en Orasco, y también a la abuela vendiendo vasijas, floreros y jarras de barro. Así ha sido mi vida desde que nací. Mientras observo las vastas praderas que se extienden más allá del camino, no puedo evitar preguntarme si esto es todo lo que me espera. ¿Será mi vida siempre así? Las palabras de mi abuela resuenan en mi mente: “Eddon, cuando te cases y formes una familia...”. Esas palabras rebotan en mi cabeza, y no puedo evitar pensar, ¿no hay algo más allá de Valtierra? ¿Estoy destinado solo a hacer lad rillos de barro y casarme con una vecina, convirtiéndome en otro habitante más de este pueblo? ¿Puedo ser alguien más? ... Mi mente tuvo que apaciguarme al llegar a la granja de Walett . El terreno es vasto, con docenas de hectáreas dedicados a cultivos de trigo, cebada, papas, remolachas y otras plantas que están listas para ser cosechadas. El abuelo y yo descendimos del carromato junto con otros vecinos que ya había visto antes, aunque nunca había entablado una conversación amistosa con ellos. El señor Walett no tardó en aparecer. Su constitución regordeta apenas llegaba a la altura de la cintura de los hombres que lo rodeaban. Con un bigote bien recortado, una sonrisa amable y el cabel lo negro azabache, se movía con la ligereza y discreción propias de aquellos con raíces más cercanas a la tierra. — Bienvenidos de nuevo, compañeros. Ya saben para qué están aquí, así que a trabajar. La tercera campanada será la hora de comer, así que manténganse atentos — dijo el señor Walett con su tono jovial de siempre. Inmediatamente seguí al abuelo para averiguar cuál sería mi tarea. Esperaba algo como mover las carretas con los cultivos al granero, separar los granos de la cebada o alguna tarea similar. Sin embargo, grande fue mi sorpresa cuando mi abuelo me dijo: — Ve con el señor Walett; dijo que tenía una tarea especial y que necesitaba a alguien joven para hacerlo — murmuró el abuelo. Algo raro, él no es de las personas que hablan bajo; cuando él habla, todo el mundo lo escucha. — Está bien, no te esfuerces mucho y cuídate, por favor. — Un poco extrañado, me despido del abuelo y voy con el señor Walett. Comencé a caminar hacia donde suponía que estaba. El camino no era largo, pero en él podía observar los campos de cultivo, todos tr abajados por personas que son mis vecinos, aunque no los conozco bien; son extraños conocidos, con la piel bronceada por una vida entera bajo el sol. Yo estoy en el mismo camino: mi piel bronceada no es nada destacable, al igual que mi cabello, negro mate. Tal vez un poco menos común, pero aun así normal. Mientras pienso en mí, llega a mi mente lo común de mi vida y lo común de ser yo. Pasando por un pequeño charco, a unos minutos de llegar con el señor Walett , veo mi rostro. Me acerco, y la imagen de mi reflejo emerge en la superficie del agua. Mi piel, bronceada por los días al sol, muestra marcas sutiles de mi vida en el campo, pequeñas imperfecciones que hablan de las horas pasadas en los cultivos. El cabel lo negro mate cae desordenado sobre mi frente; su textura suave contrasta con el brillo del agua. Mis ojos, sin embargo, son lo que realmente destaca; un azul turqués profundo, como el cielo despejado en un día de Proteo. Miran curiosos, llenos de pregunta s y sueños aún por descubrir. La forma de mi rostro es simple, casi común, con pómulos suaves y una mandíbula juvenil que aún no ha tomado su forma definitiva. A pesar de mi apariencia ordinaria, hay algo en mis ojos que parece contar una historia diferente, una que está ansiosa por se r contada. Con un leve suspiro, apartó la mirada del charco, consciente de que podría llegar tarde con Walett. Tras caminar un poco más, lo veo; su aspecto regordete y pulcro destaca entre los demás, un gran contraste, pues él es alguien que trabaja más co n la pluma que con una pala. — Señor Walett, ¿me buscaba? — le hablo para ver si me reconoce; entre tantos trabajadores, no sé si fuera capaz de recordarlos a todos. — Oh, me imagino que tú debes ser Eddon — dice el regordete administrador, volteando a verme — . Es un gusto conocerte; tu abuelo te describió a la perfección. Dime, ¿él te dijo algo acerca de tu encargo? — Me lo pregunta de manera entusiasmada, como si esperara algo de mí. — No, señor; mi abuelo no me dijo nada, solo que usted o cupaba a alguien joven, y, pues, creo que todavía entro en esa edad — intento relajarme con una ligera broma, que, por la expresión del señor Walett, no tuvo el efecto deseado. — Sí, bueno, verás... tengo una tarea especial. Nada demasiado complicado, solo... — el señor Walett se quedó callado un segundo, como buscando la palabra correcta — ... menos agraria, creó . Eso no está bien dicho, pero bueno, detalles. — Me hace una seña para que me acerque más, como queriendo que nadie más se entere — . Ocupo ... no, necesito que lleves esto — me muestra una pequeña caja, casi tan grande como su puño, aunque no era difícil que lo fuera — . Lleva esta caja junto con otro morral, pero la caja es la prioridad. No abras la caja, no veas lo que tiene; solo llévala. — La s palabras de Walett salen casi unas sobre otras, y con su mano libre comienza a acariciar su recortado bigote, como si intentara calmarse. Veo la caja, echo de un metal negro, con bordes de plata, en ella se encuentran grabados que forman figuras geométri cas y también irregulares, todos entrelazándose como formando cientos de caminos que convergen en un lugar, un círculo formado por todos esos caminos plateados, haciendo un hueco tan negro como el vacío mismo, ahí estaba, un símbolo que no reconocía, figur as alineadas y colocadas para formar un rostro, pero no uno humano si no uno bestia, uno de dragón. Dragón , un dragón, un ser legendario de poder y de presencia majestuosa como terrorífica, bueno eso es lo que cuenta mi abuela mientras me enseñaba sobre la gran guerra una de las cosas que más se sabe en todos los lados, se dice que en aquella guerra participó el príncipe de los dragones. — ¿Y bueno joven acepta? — El señor Walett interrumpió mis pensamientos mientras me seguía ofreciendo tomar la caja. — ¿Pero a donde tengo que llevarlo?, digo no me quejo, pero ¿A dónde tengo que ir? — Debes llevarla a la capital del reino, a Gatois. Allí me espera una pariente, entrégasela y ella te dará lo prometido. Considera el viaje como un descanso. Me quedó plasmado, el simple hecho de poder salir de Valtierra era un sueño y ahora me pagaran por ello es una oportunidad de oro. Me quedé callado unos segundos. El corazón me latía tan fuerte que temía que el señor Walett pudiera escucharlo. Salir de Valtierra... salir de las mismas calles, del barro, de los ladrillos... era algo con lo que había soñado cada noche desde que tengo memoria. Pero una cosa es soñar, y otra muy distinta es tener la oportunidad real frente a mí. — ¿Y... por qué yo? — pregunté al fin, intentando que no se notara el temblor en mi voz. Walett me miró por un instante, sus pequeños ojos oscuros brillando bajo el sol. Esa sonrisa amable que siempre mostraba estaba todavía en su rostro, pero sentí que era más una máscara que otra cosa. — Porque eres joven, rápido, y sobre todo... — hizo una pausa, como si buscara la palabra exacta — . Porque todavía nadie te conoce fuera de este pueblo. Y eso, Eddon, puede ser muy útil. No supe qué contestar. Tragué saliva, incapaz de apartar la vista de la caja negra que él aún sostenía con ambas manos. Los grabados parecían moverse bajo la luz, como si fueran ríos de plata fluyendo hacia ese hueco oscuro en el centro. — No te preocupes — añadió Walett, extendiéndome la caja — . Solo tienes que llevarla. Una tarea simple. Nadie debe saberlo, ¿entiendes? Nadie. La tomé con cuidado. Pesaba más de lo que parecía, y al contacto con mis manos me recorrió un escalofrío, como si el metal estuviera m ás frío que el aire mismo. En ese instante, me di cuenta de que ya no podía dar marcha atrás. Capítulo 2: Caminos de barro y tierra No se puede dormir, a pesar de la noche fresca y un cielo nocturno libre de nubes dejando ver a las estrellas salpicando el cielo, no podía dormir. Y como iba poder hacerlo ya no me encuentro en mi hogar, hace apenas unas horas seguía en Valtierra y ahora me encuentro en uno de los extensos caminos que hay, uno que nunca he recorrido, pero ansiaba por hacer. Del morral sacó una pequeña caja, apenas ta n grande como mi mano, a pesar del oscuro de la noche lo único que hace es resaltar aquellas líneas plateadas que lo rodean y de forma más intimidante a la figura de dragón que dibujan aquellas líneas, verlo me hace pensar en dónde estoy y por qué. — Partirás con la caravana mercantil que va rumbo a Gatois — dijo, acariciando su bigote con ese gesto nervioso tan suyo — . Esta noche volveremos a Valtierra con los mozos, y al amanecer saldrán de la plaza. Únete a ellos y no llames la atención. Antes, pasa por tu casa y toma lo que necesites. El viaje es largo, necesitarás estar preparado. No supe qué decir. ¿Preparado... para qué? Apenas tenía un par de camisas, un pantalón y un sombrero de paja. No mucho más. De algún modo, eso me hizo sentir más desnudo tod avía que si no llevara nada. — Bueno ahora regresa al trabajo que el festival de la cosecha no espera. Casi como si no me hubiera encomendado una gran labor, el señor Walett me despide y regreso con mi abuelo, no tardé en encontrarlo, solo seguí el sonido de órdenes siendo dadas y termine llegando a él, a pesar de solo ser uno de los hombres que contrató Walett y que debían ser supervisado por el senescal, el abuelo era quien dirigía toda la cosecha y como no, era de los más veteranos e n lo que recolección se llama y era bastante bueno para dirigir y delegar actividades, mientras me acercaba a él veía como con hoces cortaban los granos de trigo y cebada para después acomodar los tallos en varios manojos, más de una vez me ha tocado acomo dar esos manojos en cartas para llevarlos al molino. Mis pensamientos se ven interrumpidos cuando escucho a mi abuelo ladrar órdenes “Rápido unos dan con la hoz a los granos otros hacen los manojos, rápido no se detengan, Artha nos sonríe con una gran cosecha” El abuelo no tardó en verme. — ¿Cómo te fue con Walett? ¿Qué fue lo que te pidió? No tardo nada en interrogarme, detestaba no tener el control. Y yo, con mis acciones, era su punto ciego favorito, me considero privilegiado al ser algo que él no puede controlar. — Me fue bien solo pido que llevara algo a alguna parte. Le digo de forma alg o evasiva, no se que tan secreto es lo que el señor Walett me encargo y peor no sé cómo reaccione el abuelo si le digo que me voy para Gatois. No es como si solo pudiera decirle “Abuelos me voy mas de una semana de este pueblo, no se preocupen solo no he s alido de aquí en toda mi vida”. — ¿Por qué será que no puedo creerte Eddon? — Me pregunta entrecerrando los ojos como si intentara ver más allá de mi obvia evasión a sus preguntas. — Pues tal vez no me creas porque le das mucha importancia a algo que ya se solucionó. El abuelo me siguió observando con el ceño fruncido, durante unos segundos fue su mirada contra la mía. Su mirada era peligrosa más de una vez descubrió mis mentiras piad osas con esa mirada, pero esta vez tenía que aguantar. Si quería salir de Valtierra más me valía aguantar. — agh, bien, ve por los manojos de trigo y cebada, ponlos en cartas y ve llevándolos al molino. El abuelo sostuvo la mirada un instante más, un último intento de fisurar mi fachada. Finalmente, con un gruñido, volvió la cabeza y alzó la voz para arengar a un grupo de segadores. El hechizo se rompió. — ¡Enseguida! — dije, y la palabra salió demasiado rá pido, demasiado fuerte, cargada de una energía nerviosa que ya no podía contener. Me volví y eché a correr antes de que mi suerte cambiara. La tensión que había mantenido mis músculos como cuerdas de arco se transformó de repente en velocidad. Esquivé una pila de heno y me abrí paso entre los demás, con la mirada fija en la carreta. Por un momento, solo existía la tierra bajo mis pies y la promesa de la aventura. Por primera vez en mi vida haría algo desconocido, aventurarme a los caminos, el simple hecho de viajar hacía que una sonrisa apareciera en mi rostro. Mientras empujaba en trigo y cebada con el sol en mi espalda y mi frente cubierta y sudor hacia el trabaj o que hecho durante años, pero esta vez era diferente, ahora miraba al horizonte pensando que ahora yo recorrería esas tierras, el sol llegó al ocaso y con la una campanada que nos llamaba, con varias hectáreas ya trabajadas, con el trigo y la cebada ya at ados finaliza el día de trabajo, normalmente tardamos varias semanas en cosechar todo, pero yo no lo terminare, me espera la aventura. Mientras camino al carromato que nos llevará a todos de regreso a Valtierra me comienza a inundar una ansiedad que había ignorado deliberadamente todo el día: Tenía que decirles a mis abuelos que me iba de Valtierra. Esa misma ansiedad me despertó. Sentía el frío de la noche, pero ahora una pequ eña luz interrumpen el paisaje oscuro. A unos metros de mí, una fogata crepitaba y sobre ella un caldero con algo hirviendo. Un aroma a especias y caldo caliente inundó el lugar, recordando que no había probado bocado desde la mañana. — Veo que has despertado, muchacho — dijo una voz grave a mi lado. Al girar, vi la imponente figura que me hablaba. Un hombre de gran tamaño que vestía una armadura hecha de cuero y placas de metal. Sobre su hombro descansaba un objeto que no lo graba identificar: un tubo largo de metal oscuro, más grueso que un bastón normal, con intrincados grabados que brillaban débilmente y una especie de cámara de cristal ahumado en su centro. No se parecía a ninguna ballesta o arma que hubiera visto jamás. P ero eso no era lo más sorprendente. Lo que más llamaba la atención era que no era humano. Su piel estaba cubierta de escamas brillantes a la luz del fuego, y tanto su rostro como sus ojos, con sus pupilas verticales, eran los de un reptil. Por su cabeza se asomaban unos cuernos que nacían en su frente y se curvaban hacia atrás. Él era lo que se conoce como un dracón. — ¿Te comió la lengua un ratón, o por qué estás tan callado, muchacho? — dijo de forma burlona, con una sonrisa que mostró una hilera de dientes afilados. Su comentario me sacó de mi estupor. — Nada de eso, Arath. Solo... recordaba mi hogar. — Venga, ya. Si solo llevas un día fuera y ya lo extrañas, no me digas que con ese sentimentalismo quieres ser aventurero. — Yo jamás he dicho que quiero ser aventurero — protesté, un poco irritado — Solo quiero explorar el mundo y ver qué hay afuera de Valtierra. — Y eso no es querer ser aventurero, lo que yo creo no aventurero es aquel que simplemente viaja y disfruta la vida como a él más le conviene, y esa descripción creo que se adapta a lo que tú estás haciendo. Arath tenía un punto, a pesar de que me encontraba en la caravana por petición de Walett no podía negar que parte de mí quería viajar recorrer las inmensidades que son los paisajes de Cadya, pero de momento tenía que aferrarme a este viaje y sobre todo a la única misión de entregar la caja. — y me dirás que es lo que guardas con tanto recelo sabes soy alguien curioso por naturaleza y más por mi profesión debo conocer las cosas que protejo. Arath como es costumbre desde que comenzó el viaje intenta averiguar qué es lo que te transporta, él fue contratado como guardaespaldas de toda la caravana, pero al notarme y ver que no llevaba una mercancía común o de plano no sabía qué era lo que yo llevaba ha intentado saberlo con mucha intensidad a veces incluso me ha levantado con facilidad y me has zangoloteado para que le diga. — no te lo puedo decir si pudiera te lo diria , pero... no simplemente puedo decirte. Hoy me miró con esa mezcla entre irritación y enojo, pero simplemente suspira me tomó del hombro. — bueno como no quieres decirme solo me queda una cosa por hacer — hoy dice mientras haz una pequeña pausa dramática — comer es lo único que queda. Dice mientras me arrastra hacia la fogata y se me y se sienta para recibir un cuenco con el guiso que han estado preparando uno de los guardias que están a las órdenes de Arath. Al estar frente a la hoguera con un cuenco caliente de guiso en mis manos, mi mente se puso aún más nostálgica. Algo que debió notarse en mi rostro, ya que uno de los guardias me dijo: — ¡Anímate, que la noche es joven! No hay peligro, tienes fuego frente a ti y comida en tu plato. ¡Es una noche grandiosa! Al verlo y escuchar sus palabras, una oleada de gratitud me inundó por el simple hecho de estar vivo. Haber vivido una vida tan monótona en Valtierra hacía, por momentos, que vivir fuera una costumbre, alg o mecánico. Pero al ver a estos hombres — con sus armaduras de cuero, con lanzas y ballestas a sus costados — sonreír, cantar y disfrutar de la vida, sentí que todo esto solo estaba comenzando. No supe en qué momento me quedé dormido. Durante la noche, uno de los guardias sacó un barril de cerveza. Ya había tomado antes, pero nunca tanto como esa noche. Desperté encima del carromato, que ya estaba en movimiento. Yo contaba con mi morral, pero con un denso dolor de cabeza y la boca tan seca que sentía que podía beberme un río entero sin parar. Al cobrar un poco de sentido, revisé rápidamente el morral y suspiré de alivio al notar que la caja seguía ahí. Me asomé para observar el camino a mi alrededor. Se extendían las inmensas praderas del centro de Cadya; el viento movía mi cabello y pequeñas aves volaban de un lado a otro. Incluso logré distinguir a algunos animales pequeños correteando entre la hierba. Mientras observaba, Arath se acercó montado en su caballo y se puso a la par del carromato. — Cómo despertó el mejor cantante de la caravana — dijo de forma burlona. Sus palabras me provocaron un inmediato temor, ya que no recordaba haber cantado y, peor aú n, sé perfectamente que no sé cantar. — Me duele la cabeza y tengo la garganta más seca que el desierto. Así que, si tuvieras algo que beber que no contenga alcohol, de preferencia, sería estupendo — le mendigue — Para mí desgracia, no contaba con una cantimplora o algo para transportar agua, algo que cualquier aventurero — o cualquier persona con sentido común — siempre debería llevar. Pero, como tantas veces, no era ninguna de esas dos cosas. Arath soltó una enor me carcajada. — ¡Vaya! Al parecer, lo que tienes de cantante lo tienes de sentido común — me dijo, y me lanzó su cantimplora. La atrapé con torpeza. — Pero, bueno, dejando de lado tus pobres actitudes como artista, dime: ¿ Qué se siente viajar por primera vez? Tomé un largo trago de agua antes de contestar, pero una pregunta inundó mi mente antes de que pudiera hablar: ¿cómo sabía él que era mi primer viaje? Lo miré fijamente y se lo pregunté: — ¿Cómo sabes que es mi primer viaj e? Él simplemente sonrió. — Borracho eres muy boca floja. Pero te voy a dar algo de mérito: aun así, no me dijiste qué es lo que llevas. Te lo aseguro, lo juro en nombre del Príncipe de los Dragones, que lograré que me lo digas. Suspiré, aliviado al saber que no había revelado mi misión, pero también un poco decepcionado de no conocerme lo suficiente estando embriagado. — Bueno, el primer viaje es... extraño. Es todo lo que he imaginado, pero siento que lo conozco de una forma extraña. ¿Sabes? Como cuando te cuentan algo y, aunque es la primera vez que lo ves, ya tienes una idea de cómo es. Intentaba hacerme entender. Él asintió. — Supongo que tienes razón. Cualquiera que haya recorrido los caminos de Cadya , o por lo menos el centro del continente, sabe cómo son. Pero eso no quiere decir que ya lo sepas todo. Me miró y luego volvió su vista hacia las extensas praderas. — ¿Sabes por qué hay tanta distancia entre los pueblos? ¿Y por qué no hay más ciudades? For mulé varias ideas en mi mente, pero ninguna era coherente. Al principio pensé que era porque no había otros lugares interesantes; luego, que nadie querría vivir en un lugar inhabitable. Pero Arath interrumpió mis pensamientos. — Es porque nadie puede controlar la naturaleza. Te diré un secreto: los nobles y los eruditos creen que vivimos civilizadamente, pero no es así. A pesar de las grandes ciudades y los pueblos inmensos, Cadya sigue siendo salvaje. Hizo una pausa, dejando que sus palabras se asentaran. — No importa a dónde vayas, siempre encontrarás criaturas fantásticas. Enormes bestias de colmillos capaces de derribar montañas; aves tan grandes que eclipsan el sol y hacen que las ciudades parecen granos de arroz; seres con poderes de leyenda, algunos con una sabiduría mayor a la de todos los eruditos, y otros tan viejos como las mismas piedras. Cadya es salvaje, y así será por siempre. Su voz se volvió grave. — No importa cuánto intenten hacer ciudades más grandes, la naturaleza no nos lo permitirá. ¿Por qué crees que, a pesar de los caminos recorridos, no nos hemos topado con nadie? Incluso, ¿por qué crees que Walett gastó tanto dinero en alguien como yo? No so y un guardia para bandidos, muchacho. Soy un guardia para bestias. Capítulo 3: “Ed” El traqueteo de los carromatos y el crujir de las ruedas sobre la tierra eran el único sonido que acompañaba mis pensamientos. Mi mente no podía soltar las últimas palabras de Arath. Él es un guardia, pero no como yo lo imaginaba. Ahora sé cuál es el verda dero peligro, y saber que hay una amenaza latente, que no puedo saber de dónde vendrá ni cuándo atacará, me eriza la piel. Creo que algo así debe sentir mi abuelo constantemente. ¿Qué diría él de mí ahora? ¿Se burlaría o me daría palabras de aliento? Lo má s probable es que no hiciera ninguna de las dos. Me engañaría primero, para después decirme exactamente qué hacer. No como una forma de control, sino como un consejo práctico, firme. Ya no son las palabras de Arath las que resuenan en mi cabeza, sino las q ue me dijo mi abuelo la noche que partí de Valtierra. Ya era entrada la noche cuando llegamos a Valtierra, de regreso de las tierras del señor Walett. El camino había sido silencioso, pero no era la indiferencia lo que pesaba en el aire; era la confianza tácita de que, si algo importante pasara, el otro lo di ría. Pero yo no podía decirle. Mejor dicho, no lo estaba diciendo. Un nudo en el estómago se retorcía, con ganas de vomitar la verdad, pero tenía que aguantar hasta que estuviéramos los tres juntos, con mi abuela. Al bajar del carromato y caminar hacia nue stro hogar, pasamos por la plaza central. A pesar de que los caminos están hechos de barro y tierra, son sorprendentemente sólidos. Los he recorrido cientos de A veces , a veces con amigos, pero la mayoría con mis abuelos. Observé la pequeña zona de juegos, ahora vacía a causa de la hora. Ese lugar al que mi abuela me traía para distraerme cuando la idea de que mi padre no regresaría era demasiado pesada para los dos. Ah ora casi no hablamos de ello, pero en cada cena, en cada mirada, siento que mi abuelo busca algo en mí. Busca ver a su hijo. Busca ver al padre en el hijo. Para mi desgracia, soy muy parecido a él. Lo único que tengo de mi madre son mis ojos, ya que ni siq uiera puedo atesorar sus recuerdos. Es dolorosamente constante: no conocí a mi madre, y mi padre se fue cuando aún era un niño. Mi abuelo, a pesar de ser estoico, duro como una piedra, aún lleva la pérdida de su hijo grabada. Y lo veo cuando trabajamos juntos, noto cómo espera que haga algo más, como si de un momento a otro fuera a revelar un talento oculto o una chispa familiar. S é que lo que busca son esos patrones que veía en mi padre. El camino a casa fue extrañamente silencioso, pero cómodo, como si ambos supiéramos lo que estaba por ocurrir al traspasar la puerta. Al abrirla, mi abuela nos recibió con su alegría habitual. — ¡Qu é bien que ya llegaron! Me estaba preocupando, ya es entrada la noche. Y ustedes se ponen de muy mal humor cuando no comen, en especial el viejo Teot. Mientras hablaba, comenzó a servir la cena en los tres platos de nuestra mesa y llenó las jarras con agua. El líquido estaba sorprendentemente fresco, tanto que la jarra transpiraba por el frío. — Además, no saben lo que me acabo de enterar — prosiguió, con ese tono suyo que anuncia un chisme jugoso — . ¡Resulta que Samantha, la hija del carnicero, se va a casar! Y ya no adivinan con quién... ¡con Aarón, el aprendiz de librero! Ese jovencito consiguió una muy buena esposa. Me pregunto cuándo lo harás tú, Edd. — Bueno, buena... no sabría qué decirte — respondí, tomando asiento e intentando procesar la noticia que estaba a punto de soltar — . No he sido muy entusiasta en la búsqueda de una pareja. La verdad, el matrimonio no me interesa mucho. El abuelo ocupó su lugar y esperó, con su habitual disciplina, a que mi abuela se sentara para comenzar a comer. El silencio era extraño, pesado. Éramos personas calladas, sí, pero esto era diferente. Estábamos en casa, en nuestro hogar, y aun así yo guard aba un secreto que me corría por dentro. — Abuelo, abuela... — comencé, con la voz un poco más tensa de lo que hubiera querido — . Tengo algo que decirles. Sé que puede parecer muy precipitado, pero es importante para mí. Antes de que pudiera continuar, la voz de mi abuelo cortó el aire como un cuchillo. — Ya era hora. Desde que Walett te mandó a llamar, has estado raro. O, mejor dicho, emocionado. Así que comparte, ¿qué noticia es esa que te tiene tan alterado? Su ataque fue directo, con la brutalidad honesta que siempre lo caracterizaba. No había dónde esconderse. — La noticia es que... saldré de Valtierra. Hice una pausa, tomé aire y solté el resto: — El señor Walett me pidió que llevara algo de extrema prioridad a la capital del reino. Mañana temprano me uniré a una caravana que va rumbo a Gatois. Las protestas de mi abuela estallaron de inmediato, llenando la pequeña cocina de angustia. — ¿Cómo planea s ir a Gatois? ¡Si nunca has salido de Valtierra, Edd! ¿Es que acaso sabes lo peligroso que es? Antes de que pudiera responder a mi abuela, la voz de mi abuelo tronó, llena de una amargura que no esperaba. — ¿Así que era eso? ¿Un viaje? Quieres salir de este pequeño pueblo. Pero ¿para qué? ¿Qué es lo que te llama? ¿Qué es lo que buscas? ¿Qué te ofreció Walett que provocó que ahora quieras escapar de Valtierra, de tu hogar? Ante sus palabras, me puse firme. Un a determinación que no sabía que tenía se apoderó de mí. — ¡Me ofreció libertad, abuelo! Quiero conocer, quiero describir el mundo. Quiero saber qué hay más allá de este pueblo. Quiero ver qué hay más allá del barro y la tierra. — ¿Libertad? — escupió la palabra como si tuviera un sabor amargo — ¿Crees que la libertad te traerá un hogar estable? ¿La capacidad de hacer algo por ti mismo? No seas ingenuo, Eddon. Este mundo no está hecho para soñadores. Si crees que por salir te convertirás en un héroe de leyenda y cantarán historias sobre ti, estás profundamente equivocado, muchacho. Su mirada era un yunque sobre mi s hombros. — Te lo voy a decir una vez: no estás hecho para viajar. Pero sé que me ignorarás. Sé que irás de todas formas. Porque... porque te conoz — — ¡No digas que me conoces! — lo interrumpí con una ferocidad que me sorprendió a mí mismo. Jamás lo había hecho — . Dices que me conoces, pero ¿cuándo te has dado realmente el tiempo de hacerlo? Los aprecios, son de lo poco que tengo en este mundo, pero yo sí sé diferenciar. Sé cuándo me buscas a mí y cuándo buscas a mi padre. Para mi desgracia, me parezco tanto a él que a ti te duele verlo... ¡y a mí me duele más! No sé qué pasó con mi padre, no sé a qué se dedicaba. Solo sé que un día no regresó. Y no sé si es eso lo que tanto te aterra, pero yo... yo ya no quiero vivir noventa años en un pequeño pueblo sin siquiera haber